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Jueves, 13 de julio de 2006
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Hay un aspecto indiscutible en el juego de Igor Rakocevic. Es una máquina ofensiva. Anota desde todas las posiciones. Fiable tras la línea de 6,25 metros, un cuchillo a la hora de penetrar y mortal cuando pisa la zona de tiros libres. Se trata de un baloncestista que necesita el balón. A veces, incluso demasiado.

Ante todo, si el Real Madrid accede a que el trasvase se complete, el TAU se asegurará otra vía ofensiva de máxima categoría. En ese nivel ya se encuentran Scola y Erdogan. O sea, el Baskonia ganaría una amenaza más. Un jugador capacitado para descerrajar defensas zonales y abrir espacios a sus compañeros.

Un vistazo a su estadística denota que no concibe el baloncesto sin la anotación. Los últimos cuatro cursos siempre ha pasado de los 14 puntos de media por encuentro. Ya fuera en su querido Estrella Roja -donde también jugó su padre, Goran-, en el Pamesa -que le llamó hace unas semanas- o en el Madrid.

Su ya prolífica carrera -medalla oro en el Mundial de Indianápolis como punto culminante- sólo ha reflejado un punto negro. Corresponde a su decepcionante paso por la NBA. Ocurrió en la temporada 2002-03. Los Wolves de Minnesota le prometieron el oro y el moro y pasó el año enclaustrado en el banquillo. Desde entonces anota en Europa.



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