Muy larga la mano del palco que premió a Salvador Cortés con las dos orejas del tercero de corrida. A hombros Salvador. Como hace un año. Firme y entero con ese toro, uno de los tres importantes de la seria corrida de los hermanos Lozano. Pero es que se quedó un poquito corto con el toro. La mera quietud, que la hubo, no fue suficiente. Con una oreja hubiera sobrado. Encastado, un punto agresivo, bravo, no fue sencillo el toro. Sin romperse del todo pese a su clara vivacidad. Pronto y revoltoso, la cara altita. Pero es que Cortés sólo lo dejó venirse a la distancia una vez, y sólo una. Luego, con el ambiente volcado a favor del torero, el juego de distancias cambió de signo. Muy tragón Salvador, pero sin darle al toro el espacio que pedía. Sin terminar ni de embraguetarse ni de pasar la frontera del hilo del pitón. Cándida, valerosa, honrada faena, de templado manejo. Salvo en pausas y paseos de más. Un recorte cambiado a pies juntos fue de una belleza fantástica. Las manoletinas previas a la igualada resultaron extemporáneas, escabrosas. Una estocada desprendida, vómito y muerte súbita. Dos orejas.
Los dos últimos de corrida fueron más claros y propicios que ese tercero que se arrastró sin orejas. Pero El Cid se afligió con el quinto, el toro de más temple de cuanto va de feria. Sacó cara de bueno. Pero tenía finas astas en bandeja. Galopó, humilló, descolgó, se vino. Todo el mundo vio el toro menos quien tenía que verlo. No siempre se ve mejor por estar más cerca. Encogido, envarado, en cuclillas el torero. La cuadrilla, a la boca del burladero y hasta fuera de él, como si la vida del artista pendiera de un hilo y el toro fuera un barrabás. Nadie tragó. Se le fueron los pies a El Cid, desencajado, desconfiado, sin aire. Bandera blanca. Estocada travesera. Cuatro descabellos.
El sexto, hermosísima pieza. Seiscientos espléndidos kilos. Un largo puyazo y un picotazo, se cambió el tercio a petición de Salvador Cortés, brindis al público, viento en popa. No pudo ser. Otra vez Salvador más encima de lo debido. Y, en fin, un bajonazo. Que fue el enésimo de la corrida y de la feria.
Ponce fundió al cuarto de una estocada en los costillares. Sin más. El Cid tumbó al segundo de corrida de otro espadazo en el chaleco. Mejores muerte y suerte mereció la corrida de los Lozano, que empezó con el pie izquierdo y cambiado pero terminó muy a lo grande. Mejor lidia también, porque la torearon y molieron tan a la defensiva que ni la de Miura ni la de Dolores Aguirre juntas. ¿Cuánta prudencia! Ponce se llevó el lote ingrato. Con el primero no pudo disimular una desconfianza rara en él. Una bronca cerrada. Con el cuarto, hizo faena de mucho trazo suelto y pérdida constante de pasos.
El segundo, agresivo, en arreones y oleadas, corneó un caballo de pica. Encastado, con su reservonería y su temperamento. Toros de los de echar las cartas y apostar. El Cid salió derrotado de antemano. No hubo manera.