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Jueves, 13 de julio de 2006
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CULTURA
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'Rumba' jazzera
Paco de Lucía y Wynton Marsalis cosecharon un éxito descomunal ante un rebosante pabellón de Mendizorroza
'Rumba' jazzera
MARSALIS, el trombonista, escucha a su quinteto. / JAVIER MINGUEZA
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Rebosante. Es la imagen del concierto de la noche del martes, porque si alguien más llega a entrar en el pabellón de Mendizorroza, al envejecido polideportivo le hubieran reventado las costuras. Hace ya un mes que todas las entradas estaban vendidas. ¿La razón de tanta expectación? Que actuaba nada menos que Paco de Lucía y, con él, iba a tocar un rato el trompetista Wynton Marsalis.

Cinco minutos antes de las once subió el genial guitarrista flamenco al escenario. Solo. Un saludo tímido a la ovación con la que fue recibido, se sentó al fondo del escenario, lo más lejos posible de la embocadura virtual y se hizo un silencio absoluto para escuchar el primer tema. Nueva ovación y salida del resto del cuadro de «grandes artistas» como los definió el genio de Algeciras al presentarlos: dos cantaoras -La Tana y Montse Cortés-, el guitarrista Niño Josele, Israel 'El Piraña' en la percusión, Alain Pérez al bajo y Antonio Serrano con el teclado y la armónica.

A partir de este momento, un formidable espectáculo en el que la música estaba controlada hasta la última nota. Con artistas de mucho menor categoría, se puede pensar que el control absoluto de los sonidos representa la falta de ideas, la incapacidad para la ofrecer un material fresco, una oferta recién hecha. Con los dedos del señor Francisco Sánchez Gómez circulando por las seis cuerdas de su guitarra y con la eficaz ayuda de sus colaboradores, el control demostraba que la calidad del líder y de la banda es insuperable. Cocinaban en ese mismo momento el producto, para que el insaciable y entregado público gozara de lo mejor que podían ofrecer.

A eso de la medianoche, se incorporó al grupo el, desde esta noche del martes 'El Flamenco de Nueva Orleans', Wynton Marsalis. El artista de la trompeta, a pesar del cursillo acelerado que había recibido durante la tarde, estuvo al principio de su colaboración con el de Algeciras bastante perdido, con una improvisación que sonó más a música de la frontera mejicana que a flamenco. Eso sí, media hora después, hacia el final, Marsalis ya estaba casi rumbero. De paso, había aprendido a dar palmas flamencas, por observación de las cantaoras. En cualquier caso, incluso en una situación tan comprometida para él como este recital, también es admirable la belleza del sonido que extrae de su preciosa trompeta de oro.

Un éxito descomunal, aplausos y gritos de reconocimiento. Pero, eso sí, Paco de Lucía preguntaba al final, ya en el camerino, «¿De verdad crees que he gustado? ¿Hemos estado bien?»

El trombonista

Es probable que muchas de las personas que asistieron a Mendizorroza pensaran que resultaba prescindible la primera parte de la sesión, el concierto del quinteto del trombonista Delfeayo Marsalis. Pues se equivocaron. El tercero en orden de nacimiento de los hermanos Marsalis es un músico tan enorme como una catedral grande y, en consecuencia, ofreció un recital delicioso.

Acompañado por el estupendo pianista Victor Atkins y el poderoso saxo tenor Alonzo Bowens, más Delbert Felix al bajo y Marion Felder en la batería, el trombonista demostró su capacidad de fraseo, la inteligencia de sus líneas melódicas y cómo se puede hacer una demostración de virtuosismos sin caer en la banalidad del adorno innecesario. También hizo alarde de capacidad respiratoria: el público se quedaba sin aliento escuchándole antes de que el músico parara de soplar para inspirar. A los aficionados, el concierto del Delfeayo Marsalis les supo a muy poco.



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