El lunes, la Noche Electrónica en Mendizorroza fue eléctrica por la fuerza de la oferta, no porque los instrumentos se caracterizaran por funcionar enchufados. Pero esto no significa que la música no tuviera potencia o que le faltara volumen. De desatar decibelios y despertar pasiones se encargaron, pimero, los británicos de la banda Incognito y, en la segunda parte, los chicos estadounidenses del trío Medeski, Martin y Wood.
A diferencia de los más convencionales conciertos de abono, la pista estaba libre de sillas, para que el público pudiera moverse y bailar. Los graderíos, aunque no abarrotados, presentaban un magnífico aspecto. Así pues, a la oferta la gente respondió con una buena entrada, lo que debe servir para que la organización continúe con su apuesta por este tipo de conciertos.
Incognito, dirigidos por la arrolladora simpatía de Jean Paul Maunick, es una banda muy numerosa. Actuaron un trompeta, un saxo, un trombón, los teclados, el bajo, la batería, un cantante chico, dos chicas cantantes y Maunick a la guitarra. Tocan funk apasionadamente y resultan una auténtica apisonadora musical de excepcional calidad.
A pesar del apabullante calor, mucha gente bailaba desatadamente. Otros se movían con mayor prudencia, pero hasta los que permanecieron sentados se sentían obligados a dar golpecitos con el pie, palmear o mover algo. La necesidad de seguir y marcar el ritmo fue contagiosa durante los noventa minutos de concierto.
Maunick, además, es un showman con indudable capacidad de comunicación. Hizo cantar al público, estableció una división artificial entre la parte izquierda y derecha del pabellón para después, dialécticamente y con la música, derribarla. El funk, según él, es un canto de paz y sirve para borrar las fronteras. Incluso aquellos de entre los asistentes que se podían sentir más lejanos al tipo de música de esta formidable banda, debieron reconocer que se habían divertido bastante.
División de opiniones
Con un poco de retraso John Medeski, piano y teclados, Billy Martin, batería y percusión, y Chris Wood, bajo y contrabajo, saltaron a ofertar jazz de rigurosa concepción contemporánea y de un frenesí sonoro incontenible. Durante dos horas, sin casi interrupciones, la música dominó todo: era imposible pensar en otra cosa o despistarse del sonido. Se trataba de un sonido con presencia casi corpórea, material.
Se hizo pronto evidente entre el público la división de opiniones. Una parte comenzó a abandonar el polideportivo relativamente poco después de iniciado el concierto. Pero los que se quedaron estaban absolutamente entregados. No había lugar para los tibios, los del «bueno pero tampoco es para tanto».
Chris Wood demostró la muchísima música que puede salir de un instrumento como el contrabajo cuando está tocado de mano maestra. Medeski se sentó ante un órgano Hammond, varios teclados y el piano. Con todos jugó con sabiduría y sinceridad. Y el batería y percusionista Billy Martin trabajó a destajo para fabricar todo tipo de ruidos y ritmos que subrayaran las líneas melódicas de sus compañeros. Un gran concierto, pero que no fue plato para todos los gustos.