Las imágenes que se vieron ayer de los terribles atentados cometidos en la red ferroviaria de la ciudad india de Bombay han vuelto a remover el terrible recuerdo de los sufridos por Madrid y Londres. Aquellos fatídicos días, 11-M y 7-J, tienen ya su horrendo equivalente en un país que, aunque acostumbrado a sufrir la lacra del terrorismo, ya nunca olvidará su propio 11-J. La mayoría de los expertos se han apresurado a señalar que cualquiera de los dos conflictos que sufre la India, el de los Tigres Tamiles o el de los islamistas de Cachemira, pueden ser el origen de la masacre. Pero hay elementos de este atentado que recuerdan escalofriantemente a lo sucedido en Nueva York, Madrid y Londres; y que por lo menos deberían invitar a una mínima reflexión. Golpear el corazón financiero de India el día 11 y detonar varias bombas simultáneamente en distintos trenes de cercanías en hora punta puede que sean simples casualidades, como puede serlo que a principios de esta semana el líder terrorista islamista checheno, Shamil Basayev, fuese eliminado. Aunque también que estemos ante la confirmación de que la internacionalización del terror es ya un hecho irreversible, incluso tratándose 'simplemente' de un diabólico y oportunista uso de protocolos homicidas. Una suerte de retroalimentación a nivel global mediante la asimilación de métodos comunes, pero para emplear en cada uno de los esquizofrénicos intereses particulares que el terror tiene repartido por el mundo.
Saber quién ha sido el autor de esta masacre que se ha cobrado la vida de 160 personas es importante, pero más aún darse cuenta de que, independientemente de qué grupo, secta, etnia o ideario lo aliente, estamos ante el deseo irracional de matar al mayor número de inocentes posible con el mayor grado de conmoción social imaginable. Hoy, India no sabe el apellido del asesino que le ha golpeado, pero conoce su nombre, que no es otro que el de terrorismo.