En el entorno familiar, el enfrentamiento y acoso a los padres tiene un efecto destructor sobre la convivencia. La violencia psicológica puede ser asumida en un primer momento simplemente como un problema temporal o una manera de ser. Sin embargo, a medida que la actitud se va repitiendo se deterioran progresivamente las relaciones.
La conducta de estos niños suele describirse como una serie de demandas continuas, con exigencia y sin ningún tipo de respeto. También se produce el desprecio ante cualquier muestra de cariño por parte de los padres, incluso buscando herir y hacer el máximo daño emocional.
Para chantajear, el menor recurre incluso a actitudes y comportamientos anómalos, que pueden llegar a romper la dinámica entre la pareja cuando se toma una actitud de reproche entre ambos, o no se asume el problema de forma coordinada. La falta de acuerdo a la hora de intentar resolver el entuerto genera otro tipo de dinámica negativa dentro de la familia, que provoca todavía mayores daños en el hogar.
En estas situaciones debemos dejarnos asesorar en todos los aspectos relacionados con el comportamiento de estos niños. Se puede obtener información sobre el problema recurriendo a personas especializadas, pero también es recomendable consultar a aquellos más próximos al niño en la tarea educativa, con el fin de determinar en qué manera ese comportamiento influye en otras facetas. Suele observarse una conducta en cierta manera anómala en el ámbito escolar, aunque no es raro observar a veces una forma de actuar totalmente coherente en clase.
La figura del mediador -un pariente o un amigo- puede facilitar la solución. Por su proximidad al pequeño ayuda a reinstaurar el concepto de autoridad y a acercar afectivamente el niño a los padres.