Hoy es el Día Mundial de la Población, dedicado este año a la juventud, que no creo que lo note mucho, y lo primero que me encontré ayer cuando abrí EL CORREO fue el siguiente titular: «Santa María de Getxo superará la población de Las Arenas en 5 años al ganar 8.300 pisos». Este tipo de operaciones urbanísticas, profundamente enraizadas en las necesidades de la población y armonizadas dentro de planes de desarrollo equilibrado (por ejemplo, la Ley del Suelo establece un mínimo de 13 metros cuadrados de zona verde por habitante, y en el futuro barrio de Andra Mari habrá muchos, pero muchos menos), son las que nos hacen pensar si será buena idea que la mencionada ley aumente la autonomía de los municipios en relación con sus negocios, perdón, sus planes urbanísticos. En Vitoria, después de que apareciera el famoso somormujo infectado con gripe aviar, ¿cuáles eran las preocupaciones de la población? Pues la población contemplaba con gozo la posibilidad -remota- de que el precio de los pisos de Salburua bajase. Había quien observaba, muy atinadamente, que es todavía más difícil contraer el virus dichoso que ganar un premio en la lotería de los pisos de protección oficial. En cuanto a los 8.300 pisos de Andra Mari (en Getxo hay, no es por nada, 3.779 pisos vacíos), acabarán con el carácter rural del barrio, que aporta a la población getxotarra un entorno más rico que una aglomeración urbana, y calidad de vida. Y aunque la calidad de vida descienda al tiempo que aumente la densidad del ladrillo, el precio de los pisos es fácilmente imaginable. Estos enigmáticos flujos de población que se someten a los movimientos fantásticos del ladrillo son fenómenos culturales misteriosos, aunque bajo la capa de misterio suelen aparecer acciones más burdas y trazos más gruesos. Los flujos migratorios planetarios, los que trazan sus caminos del sur hacia el norte, están motivados por necesidades más perentorias. Nos dicen los economistas que si la tasa de crecimiento de la población es superior a la tasa de crecimiento económico, esa población tiene la pobreza asegurada, y si crece mucho más que la economía, la miseria es segura. Por eso África emigra: no es que su economía no crezca en absoluto; es que su población crece mucho más. Yo comprendo que un devoto imam etíope que no ha salido nunca de su pueblo pueda creer que los proyectos de control de la natalidad buscan debilitar el Islam y cosas así, pero la actitud de la Iglesia católica, contraria a la planificación familiar en tantos foros internacionales, no la entiendo en absoluto. Mientras tanto, a Valencia, al encuentro con el Papa, han acudido miles de familias católicas con ¿dieciséis hijos? No; más bien dos. ¿Cómo lo harán?