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Sábado, 8 de julio de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Represalias sin fin en Oriente Próximo
Los israelíes llevan más de 60 años de guerra interrumpida con sus vecinos árabes. Desde antes incluso de la proclamación oficial del Estado de Israel, las relaciones entre árabes e israelíes se han concretado en una guerra permanente de baja intensidad con un rosario interminable de represalias y contrarrepresalias. Las grandes guerras de 1948, 1956, 1967, 1973 y 1982 han sido meras exacerbaciones de este estado de conflicto sin fin. Este tipo de belicismo endémico no es algo excepcional en la historia humana. Guerras fronterizas de baja intensidad y larguísima duración con incursiones, talas y entradas mutuas están registradas en muchas épocas y culturas, y en la mayoría de los casos la causa es la misma: la disputa por un territorio. La religión poco o nada tiene que ver.

Este carácter básico de disputa territorial es lo que provoca que el conflicto se alargue de manera indefinida y lo lleva a niveles de violencia sanguinaria muy superiores a lo normal. Se lucha por las tierras para vivir en ellas, de manera que la población civil del enemigo se convierte en un objetivo prioritario. Hay que matarlos, expulsarlos o hacerles la vida imposible para que se marchen y dejen la tierra libre. En otros tipos de conflictos bélicos, la población civil de ambos bandos puede sufrir todo tipo de violencias y abusos, pero no es un objetivo en sí misma. Aquí sí.

Las represalias se justifican por referencia mutua. Una bomba en una parada de autobuses israelí es el castigo por el bombardeo indiscriminado de un barrio palestino, que a su vez es la represalia por otra bomba en un supermercado judío en venganza por la destrucción con buldozers de media docena de casas palestinas en represalia por el ataque con morteros contra un kibutz en represalia por... ¿En fin! ¿Para qué seguir? Llevan más de 60 años con la misma historia y, si no se han cansado en ese tiempo, parece poco probable que lo dejen este año o el próximo. Otros conflictos bélicos han terminado por puro agotamiento pero aquí la última salvajada del otro bando no es más que una excusa para disimular el verdadero motivo del conflicto: la tierra.

En circunstancias normales, ambas partes acabarían cediendo y se repartirían el territorio. Esto no ha sucedido en Oriente Próximo por dos razones: Antes de 1967, las fronteras israelíes eran militarmente indefendibles y los árabes planteaban como objetivo mínimo la erradicación total de Israel. Las tierras que Israel había logrado dominar en 1948 tenían una amplia mayoría de población árabe, que fue expulsada por la fuerza con buldozers y bayonetas. La segunda razón es que, tras la Guerra de los Seis Días, Israel conquistó nuevos territorios pero esta vez no expulsó a la población. En un principio Tel Aviv había considerado seriamente la posibilidad de usar Gaza y Cisjordania como moneda de cambio para obtener una paz permanente. Como eso no fue posible, se inició una larga y despiadada campaña de presiones y violencias contra la población civil palestina para que se marchase 'voluntariamente' (sic). Incluso Isaac Rabin, el hombre que firmó los Acuerdos de Oslo, siguió adelante con esta campaña de confiscaciones y represalias indiscriminadas, buscando siempre rebañar más territorio de cara al acuerdo final.

Pese a lo expuesto, Rabin era un moderado. Por eso lo asesinaron. Cualquiera que mire un mapa puede darse cuenta de que un Israel con Gaza y Cisjordania, pero sin palestinos, es no sólo más extenso y dispone de mayores recursos naturales sino que resulta incomparablemente más compacto y fácil de defender, con fronteras naturales claras: las montañas de Líbano, el río Jordán, el Mar Muerto y el desierto del Sinaí. Cualquier territorio que se les conceda a los palestinos, como Estado independiente o como autonomía, es un punto débil en este esquema, aparte de un potencial caballo de Troya. Por lo tanto, el objetivo estratégico de Israel es la limpieza étnica gradual de Gaza y Cisjordania, con la esperanza de que una vez 'limpiados' ambos territorios, al cabo de cierto numero de años, los demás Estados árabes se resignen a aceptar a Israel.

Hay otro secreto en el asunto de las represalias. Aunque se pretende que tengan algún tipo de lógica desde el punto de vista político o militar, en realidad no son más que maneras de desahogar los instintos violentos. Son un objetivo en sí mismas y no tienen que responder a un propósito concreto más allá de la satisfacción íntima que proporciona el acto sanguinario a la persona que lo comete y a sus partidarios. Un plan político y militar, por despiadado que sea, obedece a una lógica, pero cuando la muerte te puede golpear casi al azar, la ira y el odio asumen el control bajo diversas racionalizaciones.

¿Liberarán los israelíes a los cientos de civiles palestinos arrestados arbitrariamente sin cargo alguno? ¿Matarán los palestinos al soldado judío capturado? ¿Arrasará la aviación israelí la franja de Gaza? En cualquier caso, las represalias continuarán. Los palestinos no pueden ceder pues lo perderían todo. Están acorralados sin otra alternativa que luchar hasta el fin. Israel, por su parte, también está acorralado. Por el momento son los más fuertes pero únicamente por el subdesarrollo de sus adversarios. Si los israelíes no han logrado zanjar el conflicto a su favor antes de que los Estados árabes consigan desarrollarse, el final del enfrentamiento consistirá en la extinción de Israel. El arsenal atómico israelí serviría para crear una Masada termonuclear, pero no para la supervivencia del país. Esto lo saben los políticos israelíes aunque jamás lo digan en sus discursos, pues parecería señal de debilidad. Por lo tanto, muchos de ellos creen que su única alternativa es erradicar a los palestinos ahora que todavía pueden hacerlo. Lo demás son meras excusas.



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