El Correo Digital
Sábado, 8 de julio de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
El (extraterrestre) estado de la ciudad
Vitoria-Gasteiz respira a diario entre polémicas y dificultades, pero su autista equipo municipal de gobierno se ha permitido presentar, en el anual debate sobre el estado de la ciudad, un panorama/memoria de realizaciones tan bucólico, tan pastoril, tan extraterrestre que, incluso a pesar de tenernos acostumbrados, no puede dejar de sorprendernos. Todo, según ellos, lo hacen bien: los pisos protegidos, el transporte urbano, esas maravillas del anillo verde que luego les permiten escaparse hasta la tan remota Vancouver, los equipamientos cívicos, las cosas del casco medieval, los párkings públicos y hasta la red de colectores. Y es tan preciosa la situación dibujada por el alcalde y los ocho concejales de su partido que a uno le alcanza la impresión, desde luego, de que la cosa tiene truco: uno no debe de vivir en V-G, sino en otra ciudad.

Pero resulta que reside en ésta, y que contempla, también cada amanecer, cada atardecer, lo que aparece en la recámara de tan perfectas situaciones teóricas: desde la imposibilidad municipal de rematar ciertas y abundantes acciones hasta la insistencia en ensoñaciones variadas, pasando por el encelamiento en sacar adelante caprichos ni justificados por lógica ni aceptados por una oposición con cuyos votos finales, aunque los ediles del Partido Popular ni parezcan sospecharlo, cuentan.

No tengo ninguna intención de cansarles a ustedes con el recuento, pero desde el año 1999, aquél de los albores de la primera legislatura del alcalde Alonso Aranegui, se me vienen conceptos tales como el Parque Temático (del Humo), la murga con el Auditorio del crecido Navarro Baldeweg, el siempre nonato Palacio de Congresos, el aglutinador edificio consistorial, las revueltas del soterramiento ferroviario, lo mismo con la Intermodal, esa otra deprimente Estación de Autobuses, la rapidísima Plaza de Toros (¿quedará bien?) de esta última hora, el desastre de los tapices mecánicos que asesinan los cantones del Campillo, el latrocinio de centenares y hasta millares de plazas de aparcamiento, la lentitud de frecuencias de los tan conflictivos servicios de Tuvisa, el complicadísimo tráfico con sus apéndices de inútiles líneas rojas, las imprevisiones de ordenación urbanística que perjudican a los pioneros residentes en Salburúa y Zabalgana, la broma de esos serenos tan poco queridos por la ciudadanía como muy mimados por la concejalía correspondiente, las obras escurialenses trasplantadas a Olaguíbel, a Fueros, a Cercas Bajas , el sorprendente desembarco de otro servicio de limpiezas, el clamor vecinal en este barrio y en el de al lado

No estoy tan distraído como para ignorar que un equipo de gobierno, aquí y en Tombuctú, tiene casi la obligación, y evidentemente la oportunidad, de aprovechar las horas de un debate sobre el estado de su ciudad para darse pote, para ejercer de narcisista y para terminar marcando aquello del '¿Mecachis, qué guapo soy!', pero, en un escenario tan complicado y tan maleado como éste que tenemos en Vitoria-Gasteiz, el nuestro habría de haber entonado, al menos, algún ligero mea culpa. Pero seguimos comprobando que la autocrítica es un vicio que, por lo que se ve, a estos políticos locales no les afecta. No parecen decididos a cambiar. No tienen remedio. E incluso burlan la realidad con un par de , colores, como titularía el cerebro de Nereo, como cuando, por poner un ejemplo, insisten en la conveniencia (¿todavía!) de edificar su famoso Auditorio en lugar de un Palacio de Congresos/Auditorio, que es lo que nos hace verdadera falta, o califican de «satisfactoria» la experiencia de seis meses de los serenos, o intentan justificar el intento de pelotazo urbanístico de la Plaza de Toros y sus apartamentos tutelados aludiendo a «argumentos falaces» y a «acusaciones sin fundamentos» -cuando les ha sido todo, hasta con propina, argumentado y fundamentado-, o califican de «grupúsculos ultraconservadores y minorías radicalizadas que pretenden crear un gueto» a quienes se oponen a ese derrochador capricho de las escaleras mecánicas, entre quienes figura un servidor de ustedes, que ni es ultraconservador ni es radical ni tiene la pretensión de crear guetto alguno ¿sólo faltaría!

Tampoco soy tan ingenuo como para no saber que quienes viven el día a día de la Corporación municipal desde los escaños de la oposición intentan utilizar el mismo debate para extraer tajada. El alcalde Alfonso Alonso, en esta ocasión, se ha llevado piropos surtidos: falta de madurez, dejadez, deterioro constante, frustración Estamos ya en campaña, resulta evidente, a sólo una decena de meses de las municipales, y la tentación es fortísima. Pero también se pasa el estado mayor del PP de Álava, cuando lo resume todo en la acusación de que el PSE y el PNV «sólo conocen la crítica». ¿Cómo la oposición, con todos menos nueve de los veintisiete concejales, no les va a criticar ! ¿Qué pretenden Oyarzábal y sus compas: que Lazcoz, Martínez y los demás se dediquen a la loa, a la poesía ?

En este sentido, la coladura del equipo de gobierno es de manual: al quejarse de que sólo les ha sido posible ejecutar su concepto de ciudad «en la medida en que nos han dejado», parece como si sus tendencias al marcianismo, al venusianismo y a esos otros ismos que engendraron a ET les impidieran, y ya sin excesiva posibilidad de retorno, entender algo tan simple como que ellos disponen de, única y matemáticamente, la tercera parte de los concejales elegidos por todos nosotros, por quienes les abonamos la soldada para que nos sirvan desde la casa consistorial, aquel último domingo del mayo de 2003. De tal carencia suya de cruel realismo derivan estas situaciones, tan extraterrestres, que nos afectan.



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