Los arqueólogos que trabajan en el yacimiento alavés de Iruña Veleia agradecen la temperatura de la mañana. Apenas diecisiete grados con el verano ya en marcha, unas condiciones ideales para excavar con la ilusión de encontrar más hallazgos trascendentales que unir a los anunciados hace tres semanas.
Entonces, el equipo que lidera el arqueólogo Eliseo Gil informó de que el asentamiento tenía escondidos tesoros que marcarán un antes y un después en la historia del cristianismo y la romanización del País Vasco. Se conocían indicios religiosos del siglo V, pero los descubrimientos de Iruña Veleia, con su calvario en el monte Gólgota y dos figuras que podrían representar a la Virgen y San Juan, retrotraen en doscientos años el influjo de Jesús por estas tierras. «Hay testimonios evidentísimos, no sólo ése, sino también textos y crucifixiones de dioses paganos en un tono burlesco», matiza. En otra habitación más modesta de la bautizada como casa Domus Pompeia Valentina, hallaron más tarde las palabras en euskera más antiguas que se conocen, escritas probablemente en el siglo IV, 600 años antes que las anotaciones del códice de San Millán de la Cogolla. A la espera del informe definitivo de los expertos, hay inscripciones que aluden a la oración del Padrenuestro (Gure ata) y a la Sagrada Familia (Iesus Iose ata ta Mirian ama-Jesús, padre José y madre María).
«Es el premio a una trayectoria», resume el también arqueólogo Míchel Berjón, de 33 años, con traje de faena y pico en la mano derecha para excavar la piedra y remover la tierra. «Cuando te dedicas a esto, ya sabes que quizá nunca vayas a encontrar nada semejante. Cosas así ocurren cada dos generaciones».
Por ello, él y sus compañeros se sienten «unos privilegiados» por poder sacar a la luz testimonios de tiempos pretéritos. En Iruña Veleia no hay ni grandes mosaicos ni frescos, pero los restos arqueológicos, sin ser espectaculares, permiten descifrar cómo vivían los habitantes de lo que hoy es Álava en la época romana.
Es mediodía nublado, Víllodas queda a la espalda, enfrente se alza Trespuentes y se divisa perfectamente la torre de control del aeropuerto de Foronda en lontananza. A tiro de piedra está Nanclares de la Oca, una localidad repetida por albergar la cárcel en su término municipal. Eliseo Gil, el padre de estas excavaciones, resume las sensaciones que empaparon al equipo tras los últimos descubrimientos: «Como arqueólogos que somos, sentimos algo intensísimo y las emociones se agolpaban». Idoia Filloy, codirectora del yacimiento, todavía se estremece al recordarlo. No hay duda, siente pasión por la arqueología, la ciencia que une a seres humanos a través de enormes saltos generacionales. «Saber que el último que tocó eso fue un romano hace ya 1.700 años...».
Haga frío o calor
Ainhoa Gil se halla dentro del edificio prefabricado que les sirve de oficinas permanentes. Procesa las piezas que le acercan sus compañeros de campo y hace el inventario de las significativas. «¿Que cómo se me quedó el cuerpo cuando vi las inscripciones, el calvario y lo demás? Fue algo impresionante. Con la primera pieza no te lo crees, con la segunda tampoco, pero luego te das cuenta de que estás ante algo muy grande».
Cuesta creer que el grupo no se diera un homenaje. Pero Míchel Berjón cree que hay tiempo para eso: «Ahora es momento de trabajar». No es una sota, sino un tipo afable, abierto, amante del rigor profesional, aficionado al baloncesto y seguidor impenitente del Baskonia que suele discutir con su compañero Óscar Escribano sobre el futuro de Luis Scola.
Eliseo e Idoia se habían labrado un currículo de excavaciones, Italia incluida, «fundamental para meternos luego en un asentamiento como el de Iruña». La investigación de este enclave romano es una historia «sincopada», recuerda su director. «Se estudió ya en el siglo XIX, se dejó, se retomó a principios del XX... Faltaba una apuesta decidida por este yacimiento». Hasta que en 1994 comenzó una investigación permanente a raíz de las campañas estivales que patrocinaba la Diputación alavesa. Desde hace cinco años se trabaja diariamente, haga frío o calor, llueva o nieve, de ocho a una y media y de cuatro a seis y media, bien sobre el terreno o dentro de las oficinas.
El equipo lo forman diez arqueólogos que han optado por llevarse «muy bien». La necesidad manda: «Y es que nos vemos más que a nuestras parejas». Así lo atestigua Óscar Escribano, que se define como «el raro»; al fin y al cabo es el paleontólogo, el especialista en huesos. Y también José Manuel Tarriño, mientras limpia con un cepillo de dientes una pieza para comprobar la existencia o no de inscripciones. Luego llegará la hora del cafelito al lado de sus compañeros en un ambiente bucólico. «Aquí hemos visto de todo. Un corzo, dos zorros...».
Publicación científica
Los últimos hallazgos sobre el cristianismo y el euskera han convulsionado a la comunidad científica, pero Eliseo Gil cree que se debe fomentar la paciencia hasta que las conclusiones estén finalmente publicadas. Él y su equipo trabajan desde hace algún tiempo con la tranquilidad que les otorga un proyecto a largo plazo y no temen, por lo tanto, la incertidumbre ligada a las coyunturas políticas. La Diputación respaldaba las campañas de verano, pero la firma de un acuerdo con el Gobierno vasco para el período 2001-2011 despeja el futuro.
Podría parecer con esos datos que el conjunto humano de Iruña Veleia dispone de todos los medios garantizados e, incluso, que desentrañará cuantos secretos esconde el subsuelo; pero Eliseo Gil se muestra contundente. «Aquí hay trabajo para generaciones de arqueólogos. Ahora estamos diez, que es insuficiente. Este yacimiento es muy interesante y sólo hemos excavado una mínima parte».
El director de los trabajos en el poblado cree que la labor sorda de tantos años y los recientes descubrimientos 'al por mayor' servirán para «reivindicar la arqueología como conocimiento de la vida cotidiana».
Se acerca la hora del almuerzo y Rebeca Ontoria, responsable de las visitas por grupos organizados, cuenta que por la tarde llegará un colegio para desarrollar unos talleres informativos. Ya hace algunos años que ha aumentado el número de quienes se acercan a esta zona que sólo dista once kilómetros de Vitoria. Lógicamente, las noticias más recientes disparan el interés por conocer la vida de aquellos romanos a la luz de la herencia que dejaron. Sólo en junio los visitantes han ascendido a 2.500, de los que casi el 20% eran extranjeros.