Argentina llegó al Olímpico de Berlín cantando de esperanza y salió llorando de frustracion. Una fiesta su autocar mientras entraba en el estadio y una tangana final con patadas, empujones y puñetazos tras perder un partido que tuvo en su cabeza y sus pies. Alemania, la peor Alemania de lo que va de Mundial, no ganó. Se encontró con la victoria. Simplemente aprovechó las ventajas que le dio el rival para forzar un empate en un balón bombeado y después demostrar una serenidad tremenda y una puntería absoluta en los penaltis.
El resto lo puso Lehmann, inédito hasta entonces porque Argentina controló y dominó pero no remató a puerta. Como Riquelme no estaba ya sobre el campo, amargó la existencia a Ayala y Cambiasso. Adivinó sus lanzamiento y salvó el honor de su selección, de su país y del Mundial, que de haber perdido al anfitrión habría sufrido una depresión de órdago. Argentina salió con Coloccini en el lateral -no es su puesto y quedó patente- y Tévez por Saviola. No pudo comenzar más bravo el partido.
Salieron los de Pekerman a imponer su ritmo y los alemanes lo aceptaron de mala manera, aunque tuvieron que rendirse a la evidencia de que los de enfrente, aún sin profundidad ni remate, tenían más fútbol, mucho más. Fueron los que más propusieron y más expusieron. Alemania se agazapó en su campo a esperar un despiste. Argentina tuvo siempre el balón, lo jugó con gusto, pero sin sentido. La posesión al final de la primera parte había sido suya, 63%, pero no había hecho ni un solo remate a puerta. El rival, un cabezazo de Ballack, alto.
Se encontró Argentina nada más comenzar el segundo tiempo con un gol a la salida de un córner y sin embargo no supo negociar el partido con ventaja. Al revés, jugó peor. Gran parte de culpa, si no toda, la tuvo su técnico. Pekerman vio que Alemania había reaccionado endemoniada y pensó que era el momento de intentar llegar al final con una defensa numantina. Le salió mal. Quedaba demasiado tiempo. Los suyos, con su experiencia, habían logrado frenar el primer arreón entre le lesión de Abbandanzieri y el cambio, pero cuando quitó a Riquelme para meter a Cambiasso, firmó su sentencia de muerte.
Más que nunca el jugador del Villarreal era necesario. Seguro que no iba a sacrificarse en defensa como otros compañeros, pero iba a asegurar el balón y algun pase suyo podía habilitar a Crespo y Tévez y cerrar el partido. No se puede montar todo el juego de un equipo en torno a un hombre y quitarle cuando es más necesario. Pekerman dejó ciego a su equipo. Sin guía. Sin faro. Cuando Klose empató, no supo qué hacer. Tenía el balón, pero no estaba Riquelme. Nadie sabía a quién dárselo. A pesar de todo, Argentina acabó los noventa minutos dominando y llevó la iniciativa en la prórroga. Alemania apostó descaradamente por los penaltis. Y ganó. 1 1