Atrapado Scola toda la serie en una tela de araña que bordea el reglamento, cuando no lo supera, limitado Prigioni y de baja Erdogan, al Baskonia sólo le faltaba ayer otro final fatídico, no tan dramático como el del quinto partido de hace un año contra el Real Madrid, pero con el idéntico color de la derrota. Tras desperdiciar una ventaja de once puntos y de anotar sólo siete en el último cuarto, el título de Liga marchó para Málaga de forma prematura ante la rabia de una afición otra vez desconsolada.
Y más por la forma que por el fondo. Porque el imprescindible público del Buesa Arena llenó a rebosar ayer el graderío preparado para todo, incluido un resultado adverso, pero no tanto quizás para ver cómo a Garbajosa se le perdonaba una falta sobre David a dieciséis segundos del final -«¿cómo no vamos a decir que tiene protección arbitral?», denunciaba Mikel López- o soportar el tiempo muerto solicitado por Scariolo -¿provocación?, ¿irresponsabilidad?- con el resultado ya decidido.
Detalles así cuesta un mundo asumirlos -«Scariolo, hijo de p...», gritaban las gradas mientras el técnico del Unicaja trataba de atender a algunos periodistas con el encuentro acabado. Nada en el inicio hacía vaticinar una conclusión tan bronca. El Buesa Arena se había engalanado una vez más para una noche de gloria. 9.323 fieles alentaban a su equipo con la misma intensidad con que abucheaban los ataques del rival y la temperatura bailaba al compás del marcador: sensible descenso de decibelios con el 32-40 y volumen casi insoportable tras un parcial de 15-0 que situaba un claro 52-44. «Arriba, arriba el pabellón», coreaban más de nueve mil gargantas convencidas del 2-1 en la serie. Lástima de siete raquíticos puntos y del inelegante gesto de Scariolo. «Le falta la clase que pretende tener», decía Álvaro García. Desconsolado e indignado.