El ángel de la piedad evita los senderos de la guerra», escribía, sin que nadie le haya hecho caso, Erasmus, abuelo del Darwin autor de 'El origen y la evolución de las especies', allá por el siglo XVIII, o sea antes de la guerra de Irak.
1 El hambre es la constante histérica del cerco numantino. Vencer por hambre al enemigo es la proyección más vieja e inicua del animal que llevamos dentro. A los prisioneros iraquíes los tenían a pan y agua diecisiete días. Aunque yo no sé como se lleva eso del calendario en una cárcel estadounidense y si cuentan o no la 'Fiesta del pavo', 'Carnaval', 'Día de accion de gracias' o ' 4 de julio'. También los rendían por ignominia, pero convengamos que esa es siempre una dignidad comestible en estado de extrema necesidad.
El Pentágono ha reconocido algunas de sus procacidades, movido el corazón por asociaciones cristianas, pero no por arrepentimiento o responsabilidad. Nada más lejos. Aconseja una reconvención moral a la inocente tropa y le recomienda nuevos menús, como pueda ser añadir al pan y agua, carne de cerdo, particularmente apropiada en la dieta musulmana. El hambre traiciona los principios porque desarma el alma. Es imperiosa e irresistible y, en el caso de los ya hambrientos iraquíes, otra veintena de días sin comer tiene que ser como una patada en el culo sobre un sepulcro abierto. Pero si estas salvajadas están descritas por el pudor del Pentágono, qué es lo que no quedará en la sombra.
2 A los chicos palestinos les vimos hacer frente al Ejército israelí en la Intifada. Caían mientras agitaban los brazos e insultaban a los tanques que avanzaban metálicos, impávidos y sordos. La sociedad palestina lo aguantó todo. No hubo armisticio. Los fondos llegaban regularmente a las arcas del Fatah de Arafat y los cadáveres de los chicos se velaban mientras las lágrimas regaban un buen cuscús. Aguantó la sociedad palestina mientras Hamás crecía intrauterina en la marea de miseria, ocupándose de la asistencia social, y los piratas de la Autoridad Nacional Palestina ponían a buen recaudo los fondos europeos de ayuda al pueblo en fábricas de cacahuetes de Georgia, como hizo el fallecido 'rais', que en paz descanse. Los funcionarios cobraban su salario y los terrritorios se abrían con intermitencias para que el personal pudiera trabajar. Mal que bien había de qué comer; los funcionarios comían. Los chicos generalmente morían de una bala perdida en su corazón con la tripa medio llena y la garganta en carne viva de disparar insultos a los soldados. No hubo rendición sino próspero negocio de funerales y la venta de reproducciones de madonas con el hijo yacente en brazos, que en su caso no era judío como Cristo sino palestino.
Pero Numancia enseñó que el hambre vence, y Hamás renunció ayer a su Gobierno monocolor en favor de los tecnócratas, para hacer posible la llegada de la ayuda internacional. Rendida su brutalidad porque los funcionarios no cobran y donde no hay trabajo, si volaran, ocultarían el sol.
«Un hombre juzgando a otro constituye un espectáculo que me haría morir de risa si no me moviera a compasión», dejó dicho Flaubert. j.l.penalva@diario-elcorreo.com