«Ya no es como antes. Hoy día el sonido de los cohetes se escucha en toda la ciudad. Los palestinos los han perfeccionado mucho», comenta Yosi Cohen, asesor del alcalde de Sderot, la localidad israelí sobre la que caen más Qasam. Sólo ayer, hasta las seis de la tarde, habían impactado una decena, aunque ninguno causó daños.
Sderot cuenta con 23.000 habitantes, de los que la mitad son inmigrantes judíos originarios de las antiguas repúblicas soviéticas que han llegado desde principios de los noventa. Su proximidad a Gaza ha convertido a la ciudad en el blanco predilecto de los milicianos.
Yosi señala con la mano un viejo cohete que se guarda en la sala de reuniones del Ayuntamiento y después muestra las fotografías de una veintena de víctimas. Cinco de ellas han muerto. «Esta situación no se puede soportar. En el extranjero todos están preocupados por lo de la playa de Gaza -donde el viernes murieron siete palestinos de la misma familia- y nosotros no le importamos a nadie. Sencillamente, no es posible vivir en estas condiciones, ni de día ni de noche. ¿Por qué no vienen a verlo Annan y Solana?», pregunta Yosi, un abogado de 42 años que presume de haber nacido en Sderot.
Cinco minutos antes había concluido en esa misma sala una reunión multitudinaria en la que participaron decenas de funcionarios de varios ministerios y consejeros militares. No se ha tomado ninguna decisión, pero se ha aprobado una serie de recomendaciones al Gobierno. Sin embargo, la política de Estado está por encima de todo y no parece probable que el Ejército descargue su fuerza sobre los palestinos en las próximas horas, al menos hasta que el primer ministro, Ehud Olmert, termine sus visitas a Londres y París.
Para Yosi la solución al problema es obvia. «Si no nos dejan otra alternativa, lo que hay que hacer es ocupar Beit Hanun y expulsar a los palestinos», asegura en referencia al pueblo de Gaza desde donde los escurridizos activistas suelen disparar los cohetes.
Huelga de hambre
A escasos trescientos metros del Ayuntamiento, Sima Hadad, una mujer de 33 años y madre de tres hijos, descansa sentada en una silla de plástico bajo una lona azul y blanca -los colores de Israel- que le protege del sol. Está en el segundo día de huelga de hambre que llevan a cabo una decena de vecinos frente al domicilio del ministro de Defensa, el laborista Amir Peretz.
«Si realmente lo deseara, él podría acabar con esta pesadilla en un abrir y cerrar de ojos, pero no vemos que haga nada para impedir el lanzamiento de los cohetes. La solución es muy sencilla: destruir Beit Hanun», comenta Sima indignada. «Con los árabes es imposible hacer la paz, hay que tener mano dura», sentencia.
«Los niños tienen pánico», añade Sima mientras acaricia a uno de sus hijos, pero el menor parece encantado de la vida porque no hay colegio y puede jugar con sus compañeros todo el día, a pesar del riesgo.