Supongo yo que, en el debatido terreno de la fiscalidad, la idea inicial era muy diferente. Pero luego, a lo largo de los cinco lustros transcurridos, la fuerza de las cosas nos ha conducido a una situación ciertamente curiosa. En su día exigimos la capacidad normativa para las diputaciones forales en casi todos los impuestos que no afectan a la unidad de mercado y logramos plasmar ese derecho en el Concierto Económico. Después, a partir de ahí, las cosas han transcurrido de manera muy decepcionante.
Por un lado, algunas de nuestras comunidades autónomas vecinas se han aficionado a impugnar todas las normas forales que se desvíen un ápice de la norma general, aunque eso no suponga el menor perjuicio económico para nadie, ni cause la menor distorsión al mercado, como ocurre en todos los casos planteados hasta la fecha. Resulta muy inconfortable y extremadamente fatigante esa diabólica espiral de normas, recursos, impugnaciones, nuevas normas, nuevos recursos y más impugnaciones en la que vivimos inmersos.
Pero también nosotros tenemos nuestras propias y no escasas culpas. Pudimos utilizar la capacidad normativa para innovar y modernizar a fondo las normas fiscales vascas, y para acomodarlas a las conveniencias de nuestro entramado económico y a las necesidades de los ciudadanos y las empresas. Pero lo cierto es que nos hemos convertido en 'observadores' de los cambios introducidos en la legislación común del resto del territorio nacional; ejercitamos después la autonomía en detalles, no siempre importantes y casi nunca trascendentes y, al final, padecemos los interesados embates de los vecinos al amparo de un esquema político mal cerrado. Por eso necesitamos un acuerdo de fondo que blinde el Concierto Económico y, una vez sentadas unas bases claras y comúnmente aceptadas de actuación, deberíamos usar la autonomía fiscal con mayor audacia.