Existe un inexorable axioma referente a las pequeñas cosas: todo lo que no se ordena se desordena. Pasamos un tercio de la vida tratando de poner orden a la rebelión de los objetos domésticos. Guardando papeles, rompiéndolos, agrupando en cajones calcetines por colores, texturas y tallas. El desorden altera los nervios, principalmente los de quienes acostumbran a escuchar a su alrededor preguntas manifiestamente tóxicas formuladas por desordenados sistemáticos,como ¿alguien ha visto mis gafas? o ¿sabéis donde he puesto mis llaves? El desorden es un tsunami que invade todas las neuronas del entorno. Solemos creernos dueños de nuestro caos y somos al mismo tiempo esclavos de una anarquía clasificatoria que sólo encuentra alivio cuando buceas en la biblioteca en busca de un determinado libro y acabas con deleite y sorpresa encontrando otro título olvidado. Pero cuando la premura apremia no queda tiempo para la melancolía. Entonces hay que proponerse establecer, de una vez por todas, el orden 'manu militari' y ordenar los tomos sea por autor, por alfabeto, por encuadernación, por género, por formato o por lo que sea, en una operación titánica y estratégica exasperante que puede llevar días, meses o incluso años.
Generalmente los libros pueden conformarse con encontrar su propio lugar agrupados por afinidades temáticas: aquí los de cocina, allí los de cine, allá los de psicología, ensayo, viajes, historia, las biografías y en aquel rincón los diccionarios. Pero nunca es bastante y es obligado conformar una segunda línea establecida por autores o por orden alfabético e incluso una tercera que reúna aquellas obras de imposible clasificación. Un día descubres en un hueco de la librería 'El zen aplicado a los mercados', una obrita que anima a hacerte con las riendas de Wall Street si mantienes la calma de un Buda. Ahí yacía, perdido en el fárrago libresco pues para la Bolsa y el dinero hay que ser metódicos. Los libros a veces emigran de los estantes. Y llega un momento en que no encuentran acomodo y acaban en cualquier sitio por lo que terminas sinténdote de alguna forma igual al personaje descrito nada más abrir 'Moby Dick': «Este laborioso hurón, este pobre diablo de gusano que era el sub-bibliotecario....".