La última semana de campaña del referéndum del Estatuto catalán se abre con sondeos y pronósticos diversos sobre un triunfo, más o menos holgado, del sí. Pero también con la perspectiva de una participación poco entusiasta que rozaría, según el CIS, el 55% de los catalanes llamados a votar. Son casi cinco puntos menos de participación que en el referéndum de 1979. El sí de los actuales votantes tampoco alcanzaría el 88,1% del antiguo Estatut y se consideraría un rotundo éxito si lograra el 70% de los votantes.
Es posible que estas previsiones acierten en lo general. Un triunfo del no sería una sorpresa y, pese a que no habría vacío legal, abriría la posibilidad de un 'vuelta a empezar' (en la negociación de otro Estatuto) que se ve como una pesadilla. El sí, en cambio, ofrece a los ciudadanos la ventaja de 'pasar página' y dejar atrás un asunto cuyos detalles y discusiones han interesado más a la clase política que a la gente corriente.
Curiosamente, el carácter de herramienta para mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos de Cataluña del nuevo texto estatutario no está siendo objeto prioritario de la campaña de los partidos catalanes, aparentemente más preocupados por la perspectiva electoral de otoño. Así, los medios de comunicación enfatizan la inútil y prematura polémica sobre si Pasqual Maragall será candidato electoral, o acogen con gran despliegue la absurda presencia del irlandés Gerry Adams como convidado de piedra -lógicamente no pronunció palabra sobre el referéndum- junto a Carod Rovira. Los partidos, por tanto, parecen convencidos de que la gente acudirá a votar en la consulta como quien deposita una papeleta con una lista electoral. He ahí un elemento a tener en cuenta, sobre todo a la hora (muy complicada) de explicar los resultados del día 18.
En este referéndum, dos partidos, como la coalición CiU y el PSC, que han sido rivales históricos irreconciliables, comparten apoyo al sí. A ellos se suman los excomunistas de ICV. Y, en el frente del no, aparece la extraña pareja del PP y ERC. Dicho de otro modo: el centro político lo ocuparía el sí, y los extremos, el no. Esos extremos, lógicamente, o bien, como el PP, reprochan al texto demasiada apertura al independentismo o, como ERC, justo todo lo contrario. En el frente del sí hay algunas curiosidades: las juventudes nacionalistas de Convergència interpretan que un sí al texto estatutario equivale a un paso hacia el 'soberanismo' -ésta es la expresión que utilizan- futuro de Cataluña.
A estas posiciones de los grandes partidos, capaces de influir en la opinión y en el resultado del referéndum, hay que añadir no sólo las campañas, modestas pero insistentes, de otros grupos políticos y de opinión minoritarios que han manifestado, con razones muy variadas, su apoyo al sí, al no o a la abstención. Son fácilmente detectables, por ejemplo, abstencionistas en los partidos de izquierda clásicos (PSC e ICV), enfadados con el proceso general que ha deparado el proyecto de Estatut. Y lo que parece muy claro, en cualquier caso, es el papel decisivo que, en la campaña del referéndum, puede tener el 'voto a la contra'.
No pocos catalanes acudirán a votar sí solamente porque el PP, o ERC, votan no. Una pelea parlamentaria en las Cortes, sobre el proceso de paz en Euskadi, con excesos verbales por parte del PP como la de la pasada semana, o la última manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo en Madrid, se interpretan, por parte de una mayoría de catalanes, como expresión de una irreductible España cerrada a una convivencia normalizada, lo cual incita al voto favorable al texto del Estatut en gentes más bien indiferentes.
Ante esta situación muy diversificada en sus motivaciones, ningún partido -incluidos los votantes del PSC e ICV, enfadados también por cómo ha interferido el proceso estatutario en la gestión del Gobierno Maragall- podrá, pues, entender un sí o un no como patrimonio propio. Se da por seguro que habrá electores de ERC o del PP que votarán sí, al igual que, entre los convergentes y los democratacristianos (con grupos muy activos que contemplan el Estatut como excesivamente laico) se votará que no. Si se tiene en cuenta que el enfado de no pocos votantes socialistas y excomunistas puede llevarles a la abstención o el voto en blanco, la interpretación del resultado de este referéndum será más difícil que nunca. Una situación, la de este voto cruzado, ilustrativa de la diversidad catalana actual y que el día 18 exigirá juegos malabares y generosidad de las fuerzas políticas para dotar de coherencia sus explicaciones.