Sumergirse en 'Platero y yo' produce sensaciones similares a las que experimenta el forastero en la finca de Joaquín Araújo: verle abrazado por su sauce de nueve troncos, quedarse en silencio para distinguir el gorjeo del ruiseñor o el plumaje azul del rabilargo, disfrutar con el vuelo errático de la libélula... «Mmmaaaa, mmmaaaa», llama a sus dos caballos bretones, que salen al trote y lo golpean con el testuz, mordisqueando su sombrero de paja. Les acerca un currusco de pan duro, y entonces es más fácil acordarse de Juan Ramón Jiménez y su burrillo: «Platero (...) rozaba su cabezota peluda contra mi corazón, dándome las gracias hasta lastimarme el pecho».