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Martes, 6 de junio de 2006
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La anchoa
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A buenas horas derramando lágrimas por la anchoa después de que nos las hemos comido todas. Ha sido una engullida masiva y colosal y sin pararnos a calcular las que quedaban para, de esa forma, prever cuánto tiempo les restaba a las que salían indemnes de la captura y así pudieran reproducirse, precaución harto necesaria si además las deliciosas anchoas habrían de multiplicarse a la misma marcha imparable de nuestras insaciables tragaderas.

Hemos tragado demasiadas. Se acabó la euforia. Un día no muy lejano quizás el carnavalesco 'entierro de la sardina' adquirirá también la solemnidad de las fechas especiales en que se conmemoran grandes pérdidas sufridas por desmanes varios a través de la Historia. ¿Te acuerdas cuándo comíamos anchoas?, podremos decir en el futuro los que todavía las disfrutamos en su agonía, de los últimos vestigios de una delicia del mar agotada por el inagotable afán depredador del mismo ser viviente que, por un lado, las degusta y canta sus excelencias como manjar y, por otro lado, pone en peligro su supervivencia. Empecemos por admitir que los animales tienen una historia. Entonces, la Historia con mayúsculas puede ser contada también siguiendo los pasos a través del tiempo y sus batallas pongamos por caso del humilde arenque. Bajo ese prisma expone un documental francés cómo este pez inofensivo, altamente nutritivo, que se pesca fácilmente, calmó a finales del siglo XIII el hambre de 70 millones de estómagos europeos; cuenta asimismo de qué modo, gracias al arenque, se cristianizó el continente entero.

Esta tesis un tanto prodigiosa y apasionada se basa en que el arenque, que se reproduce sin copulación, fue el mejor aliado de la Iglesia, que lo eligió como alimento puro y sin mácula para los días de Cuaresma. De pronto pasa a consumirlo todo el Norte de Europa, se forjan fortunas comerciales, prosperan las ciudades y se levantan nuevos altares por doquier así que, de alguna manera, aparece el arenque como un motor de la evolución social europea. Igualmente, la vida y avatares de la anchoa no son ajenas al curso de los días y de la gran crónica de pueblos y vidas humanas.



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