El Correo Digital
Sábado, 3 de junio de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES

Suscríbete al diario en papel
Disfruta de sus ventajas

Promociones
Las mejores ofertas en kiosko y tienda

Puntos de venta
Vayas donde vayas, estamos

Taller de prensa para centros escolares

Tarifas publicidad
Cómo anunciarse
PORTADA
CULTURA
Emocionado adiós a Rocío Jurado en Chipiona
Miles de paisanos y admiradores llegados de toda España desbordan la localidad gaditana para despedir con flores y lamentos a Rocío Jurado

Cofrades de la Virgen de Regla portaron el féretro hasta el cementerio
Chipiona tiene el faro más alto de España: 69 metros redondos desde la base, anclada al borde mismo de la desembocadura del Guadalquivir. Dicen que desde las orillas de Portugal se adivina en las noches claras. A miles de millas al oeste de allí, en el pueblo colombiano de Pereira, perciben también el destello de la pequeña localidad marinera envuelto en la voz de trueno y terciopelo de su paisana universal. Luz Patricia Galvis Mora da fe de ello. Cuando aún residía allí ya palpitaba con el «despecho» de las canciones de Rocío Jurado, con sus letras «tan bonitas, verdades como puños». Afincada desde hace cinco lustros en Sanlúcar de Barrameda, y convertida por puro azar en vecina de su admirada cantante, ayer hacía un quiebro a su puesto de trabajo como florista en una nave de la zona para presentar «mis respetos» a la mujer que le hacía vibrar con 'Señora'.

«Tenías que oír a mi hijo cómo canta 'las alas al viento'... ¿Y con sólo tres añitos!», presumía mientras rebuscaba en su bolso una foto de carné del precoz cantaor, inmune al implacable sol gaditano y al gentío que se apretaba frente al Santuario de la Virgen de Regla, musa espiritual en kilómetros a la redonda. «Era el arte puro y una buena patrona. Unos amigos colombianos se encargan de cuidarle una finca que tiene cerca de aquí y les paga todas las facturas además de un sueldo», decía solemne y agradecida, como si ella misma fuera uno de sus jornaleros.

Por su cante, por su cercanía y por hacer bandera de un pueblo que, de otro modo, apenas si saldría en las guías como sede de un faro colosal. Por todo eso, Chipiona entera y un buen pedazo de España -hasta la insular- peregrinó a la villa natal de la Jurado para escenificar esa mezcla irresistible de alegría y tragedia, de cascabel y desgarro, que bordan las gentes del sur en los grandes acontecimientos.

Salve Rociera y cafelito

Mientras en el interior del santuario Los Marismeños hacían estremecer a los asistentes al funeral con una electrizante 'Salve Rociera' invocada desde el intestino, en la calle, la heladería Aurora se consagraba como surtidora oficial de cafelitos y tostadas con aceite a los romeros. «Espérate, 'pischa', que no podemos con tó», pedía paz un sudoroso camarero. Todo por su ubicación estratégica, entre el santuario y el hotel en el que se alojó buena parte de la familia Mohedano-Ortega Cano. Frente a la barra, Diego Mora, 59 años, un vecino del Puerto de Santa María domiciliado desde hace medio siglo en Las Palmas de Gran Canaria, contaba cómo se plantó la víspera ante su jefe para decirle que se marchaba al funeral de Rocío. «No quería entrar en razón, pero le dije 'ea, no hay otra', y acordamos que me anticipaba las vacaciones de verano», zanjaba, como si tal cosa, este cocinero de hotel.

El bullicio de la cafetería y el impaciente trasiego en la calle de vecinos, visitantes, periodistas y guardias civiles -hasta 185 desplegados para la luctuosa jornada, el mismo dispositivo que se emplea en los días del campeonato de motos de Jerez- mutaron en un silencio abisal cuando el santuario se abrió de par en par, al término del oficio. Entonces, los chismes sobre el beso de Judas entre Isabel Pantoja y Belén Ordóñez, y las disputas sobre si fue la Jurado o un señor de Sevilla quien donó la corona de oro de la omnipresente virgen morena, se congelaron ante la expresión constreñida del viudo y del hermano de la fallecida, apostados a ambos lados de un ataúd al que parecían aferrarse en lugar de portar. Apenas pudieron dar un par de pasos tambaleantes. Desde entonces, y hasta la llegada del féretro al cementerio municipal de San José, junto al puerto de Chipiona, relegaron la pesada misión a los cofrades de la Virgen de Regla.

Como ya lo hicieron a la llegada del cadáver al velatorio, la noche anterior, lo sujetaron con fuerza para después mecerlo de forma acompasada en un giro completo, como si se tratara de un paso de Semana Santa.

«Le rinden honores de virgen. Eso no se había visto nunca antes». Lo susurraba con la emoción encaramada a los ojos María Ruiz, una vecina del pueblo de 75 años, nieta del albañil Barcia, maestro de obras del santuario y primo del abuelo de la Jurado. «Aquí casi todos estamos emparentados con ella. El pueblo está lleno de tíos y primos suyos», apostillaba.

Versos tatuados

Por delante esperaban dos kilómetros de duelo itinerante por las calles de Chipiona, lo que separa el santuario del camposanto. Parada inevitable en la casa de la finada, tatuada con piropos y versos y decorada con yerbabuena fresca, fotos y velas rojas. Los cofrades la mecen de nuevo y la gente se arremolina ante el féretro para cubrirlo de flores, de lamentos y de gritos de 'Rocío, guapa'. Su sobrina y su hija, siempre acompañada de su novio Fidel Albiac, parecen desfallecer ante la avalancha de calor humano y la chicharra que cae del cielo.

Cerca de una hora y media tardó Rocío en dejarse despedir por sus vecinos, que le aguardaban 'enchancletados' algunos, encaramados a muros y ventanas otros, por un asfalto bañado de botellines de agua -el Ayuntamiento las regalaba por las esquinas- y de pétalos. Muchos de ellos, de las 5.000 gerveras que repartió entre la gente a pie de furgoneta y de manera altruista Manuel Santamaría. «Las cultivo yo mismo. Es mi negocio. No son de primera calidad, pero son flores. ¿Por qué? Esto es historia».

La llegada al cementerio del féretro, cubierto con las banderas española y andaluza, de sus exhaustos familiares y de varias decenas de coronas ajadas por el sol enmudeció de nuevo al gentío. Torrente de aplausos, de vivas y, de nuevo, el silencio. Sólo los más allegados estuvieron presentes en el entierro de la chipionera. Desde ayer, Rocío Jurado descansa en la calle principal del cementerio de Chipiona, a la vera de sus padres y de diez cipreses, bajo una losa de mármol blanco y letras de oro en la que su familia ha dejado escrito que siempre estará en sus corazones.

Lo está ya en cientos de personas que corrieron a continuación a su sepulcro, tras el adiós final de su familia, a comprobar que 'la más grande' estará allí para siempre. Con ellos. En su localidad natal. Desde entonces le lloran y le piropean a pie de tumba, convertida ya en lugar de peregrinación y en faro que ilumina Portugal y medio mundo.



Vocento
[an error occurred while processing this directive]