El Correo Digital
Sábado, 3 de junio de 2006
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OPINIÓN
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Elogio del silencio
El poder aprende, y lo hace rápido. Como si del sistema inmunológico de los roedores se tratara, es capaz de adecuarse a los efectos que cualquier nuevo veneno se presente ante su organismo. 'De ratones y hombres', escribía John Steinbeck (1937) en una obra sobre los obstáculos que la propia inclinación humana plantea para la consecución de los sueños propios: como si jugara a perder, a la manera del ludópata, un perdedor compulsivo. A eso nos hace jugar el poder, a autolimitarnos.

Y el poder actual, como quiera que esta entelequia se personifique, ha aprendido que el silencio de las dictaduras, con su ruido de fusiles, en las circunstancias actuales funciona peor que el ruido democrático, aparentemente más expansivo y liberador: «Ruido mentiroso, ruido entrometido, ruido escandaloso, silencioso ruido» (Joaquín Sabina).

«Antes no podíamos hablar y ahora podemos, pero no se nos escucha», decía un señor indignado en las puertas de la Administración pública donde realizo mi trabajo. Algo que me lleva de inmediato al filósofo Paolo Flores d'Arcais, en un libro que reflexiona sobre el pensamiento de Hannah Arendt, cuando plantea una revisión del concepto de libertad de expresión: esto es, el derecho no sólo a expresar la opinión propia, sino sobre todo el derecho a ser escuchado. Pero claro, esta imposibilidad ya la planteó la propia Arendt en 'La condición humana', cuando hablaba del gobierno moderno como el 'gobierno de nadie'; conclusión a la que también llegó el citado Steinbeck en 'Las uvas de la ira'. Siendo así, ¿quién está al 'otro lado', muerto Dios y desaparecido el Estado? Pareciera que sólo nos quedan los infames '902' de atención al cliente. A eso hemos quedado reducidos.

Y es que el poder, por decirlo en términos biologicistas, está conformado como un sistema autopoiético: en román paladino, que tiene la capacidad de producirse a sí mismo, auto-reproductivo, sistema cerrado, autónomo, en constante auto-regulación. ¿Por qué iba a permitir entonces que componentes externos al sistema -por ejemplo, la ciudadanía- tuvieran derecho a expresarse y encima a ser escuchados? (Vaya por delante: no me vale la excusa de las elecciones cada cuatro años).

Hemos pasado, en muy poco tiempo en España, del ruido de sables al ruido mercadotécnico de la democracia y, sin embargo, pareciera que todo permanece, nada cambia, salvo el escaparate. Si antes no te dejaban hablar y ahora no te quieren escuchar, ¿cuál es la diferencia sustancial? ¿En qué se asemeja el consumo (económico y lingüístico) de ahora con el ahorro (económico y lingüístico) de 'antes'? Muy posiblemente, en la afección sociosomática de cuestiones como la impotencia ante la realidad, la frustración ante las ilusiones rotas ('¿por el cambio?'), la inseguridad, las arbitrariedades y las paradojas esquizofrenizantes -con la corrupción política como buque insignia-. Como decía Mafalda, más o menos, el problema no es que existan ricos y pobres; el verdadero problema es que siempre sean los mismos. Está claro: se auto-reproducen.

El único fallo de todo sistema autopoiético? La muerte, aquella situación que introduce una energía e información en el sistema que no se puede modificar. Llevado al terreno de nuestra sociedad contemporánea, el silencio, aquél que impuesto al poder no le deja otra que la transformación. Por ejemplo, el silencio más temido por la clase política en general, cualquiera que sea su máscara ideológica: el silencio electoral, o sea, la abstención. ¿Qué pasaría si los catalanes se negaran a participar de ese chanchullo político que es el Estatut, en el próximo referéndum a celebrar? ¿Y unas elecciones generales, autonómicas donde sólo participara digamos que una mínima parte de la ciudadanía?

No es esto una apología del abstencionismo -aunque podría serlo, sin problema ninguno-, pero sí se trata de un elogio del silencio, de su potencia transformadora, de su capacidad comunicativa; lo demostraron Simon & Garfunkel bastantes años atrás. Es el silencio un gesto de cortesía y magnanimidad con el agresor, pero nunca condescendiente, prueba del 'derecho a ofender' que reclama la diputada holandesa de origen somalí Ayaan Hirsi Alí. Porque nada duele más al narcisismo del poderoso que la imposibilidad de recibir el eco de su propia voz.

Ya que no podemos optar a ser escuchados, por lo menos la opción de la ofensa al poderoso. Y es que, como escribía Mario Benedetti, «uno no siempre hace lo que quiere, pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere».



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