El informe de la Organización para el Crecimiento y el Desarrollo Económico (OCDE) hecho público ayer insiste de nuevo en un singular, y delicado, escenario que lleva camino de convertirse en endémico en España. La economía española mantiene un fuerte crecimiento -aunque un poco menor que el registrado en 2005- apoyado sobre dos grandes y exclusivos pilares, el consumo y la vivienda. Un diagnóstico recurrente durante la última década.
El consumo no cede en España gracias a la buena situación del mercado laboral, con una destacable serie de años de creación neta de empleo y un incesante flujo de inmigrantes, así como por el empuje de un mercado inmobiliario que aguanta, pese a la amenaza de saturación y de eclosión. Pero es evidente que los desequilibrios que caracterizan a nuestra economía no han sido corregidos y que el peligro de que la escalada de los precios de la vivienda provoque un serio problema al sistema financiero -en un entorno de tipos de interés al alza y de endeudamiento familiar desbordado- está lejos de haber sido conjurado. Es más, a este tradicional riesgo hay que sumar ahora el deterioro que la balanza por cuenta corriente viene acumulando desde hace años y que alerta sobre una amenazadora pérdida de competitividad. Puede que hasta el momento nuestra economía haya sido capaz de financiar sin mayores problemas este desequilibrio, pero nadie puede asegurar que esto vaya a seguir siendo así. Máxime cuando la dependencia del petróleo continúa siendo alta en porcentaje sobre el abastecimiento energético y altísima en cuanto a los precios alcanzados por el crudo, sólo aliviados temporalmente por la depreciación de la divisa estadounidense. Ahora bien, si algo se puede sacar en claro de la inercia positiva de la economía española es que mientras el empleo aguante se sostendrá el consumo, continuará el 'apetito' por la vivienda, se podrán devolver los créditos solicitados y seguirá viva la 'caldera' de la actividad. Y, sobre esto, la OCDE no ve en su informe signos de desfallecimiento en el mercado laboral, aunque prevea descensos en la tasa de paro, pequeños en cantidad -cuatro décimas en 2006 y una más en 2007- pero relevantes como tendencia. Si, como se ha dicho, la tormenta bursátil que se producía esta semana respondía a los temores de una desaceleración del crecimiento, el informe de la OCDE lo desmiente y obliga a seguir buscando otros argumentos.