Pitágoras aplicó las matemáticas a la vida. Primero descubrió que la belleza de la música se esconde en escalas que siguen un orden guiado por los números 4, 5 y 8. Más tarde intuyó que todas las cosas del universo son, en último término, números. La belleza y la armonía del mundo dependen, en definitiva, de proporciones numéricas. Ya saben, el número áureo que rige la distribución en los cuadros de los grandes pintores (y, también, las dimensiones de las tarjetas de crédito), la divina proporción, los cánones sobre la belleza del cuerpo humano... Algo parecido pasa con los paisajes. Todavía no se sabe bien por qué, pero si a usted le muestran la foto de una campa con la hierba recién cortada y otra de esa misma campa humedecida, brillante y con un charco provocado por la lluvia recién caída y le preguntan cuál de las dos le gusta más, siempre responderá que la segunda. «Es un método sobre percepción del paisaje desarrollado por la universidad de Oxford que nos ayuda a trabajar», apunta Antón Aranburu, jefe del servicio vasco de Biodiversidad.
Y hay más. Está demostrado que ante un paisaje agradable (montañas nevadas, horizontes marinos, bosques...) emitimos ondas cerebrales ligadas al bienestar, al placer. Si tienen la más mínima duda, no tienen más que abrir cualquier suplemento de fin de semana y observar las páginas de los anuncios: mares de coníferas, relieves calizos, prados rasurados... Hasta el jamón ibérico se vende mejor si a los cochinos los sitúan contra un fondo de dehesa extremeña con encinas. Natural.
Así que además del silencio y del espacio, esos dos valores emergentes de los últimos años, parece que el bienestar personal viene también dado por el horizonte que contemplen nuestros ojos. Pues bien, el País Vasco ha elaborado en los últimos años un catálogo donde se recogen nuestras mejores postales. La lista, tras su futuro trámite parlamentario, dará lugar, como ya ha sucedido en Cataluña o Andalucía, a una ley que proteja estos bienes cada vez más escasos y amenazados. Una línea de alta tensión, una autopista, una cantera, un parque eólico, repetidores y antenas de televisión, ferrocarriles y aeropuertos... destrozan esa armonía natural. «Nuestra idea es reservar lo mejor, lo que más pueda conmover la sensibilidad de la gente», resalta Aranburu. «Los paisajes tradicionales son los más valorados. También los relacionados con actividades humanas. Es curioso, si se repite el ejercicio de elegir entre dos fotografías, la gente escoge aquellas imágenes en que aparezca un caserío, un rebaño de ovejas, las metas de forraje... Nuestro paisaje autóctono gusta mucho», explica el técnico del departamento vasco de Medio Ambiente.
Prados y viñas
En el catálogo de paisajes hay variedad: litorales agrestes y urbanos, playas y arenales costeros, ríos y riberas, cumbres abruptas y cresteríos, prados montanos, bosques frondosos, matorrales, prados de siega y huertas... Pero también entran en el conjunto cultivos (como los viñedos de La Rioja alavesa), los caseríos aislados, los cultivos extensivos y los asentamientos rurales integrados en el paisaje. Así mismo, el listado incluye los llamados hitos paisajístico-culturales: en él asoman castillos y casas torre (Otálora, Galartza, Butrón, Guevara, Muñatones, Quejana, Fontecha, Lili, en Zestoa, la Torre de Avellaneda, la de Etxaburu, la de La Quadra, Barona, Mártioda, Madariaga, Murga...) Hay núcleos históricos como los de Antoñana, Korres, Labraza, Laguardia, Peñacerrada, Salinas de Léniz, Salinillas de Buradón y Segura y santuarios y edificios religiosos como los de Aránzazu, Arrate, la Basílica de San Prudencio, las ermitas de la Antigua en Zumárraga y Orduña o las de Kolitza y Ereñozar.
Aunque, posiblemente, lo que más interés suscite entre los ciudadanos sea el catálogo de «paisajes singulares y sobresalientes». La mayoría corresponde a vertientes atlánticas (el 73,5%) y abarca 455 cuencas visuales (lugares desde los que se divisa un espacio definido) y paisajes mediterráneos (34,6%). Hay también cuencas de áreas costeras (el 6,1% del territorio). En el listado se descubren algunos parajes ignotos y bellos, como los campos de bojes floridos en julio de Ordunte y Lanestosa, los carrascales secos de Leza, Navaridas y Cripán, el barranco del Prado en Faido, el carrascal de Arta, en Orbiso, el quejigal en el cerro La Solana de Lacervilla, los parajes agrestes de Bachicabo y Pozo de los Royos, los bosques de Enirio y Baliarrin, los encinares cantábricos de Mundaka, Elantxobe y Sollube, los montes de Oro... Los hay salvajes y desconocidos. Pero también, populares y transitados, estampas típicas de calendario de caja de ahorros. «Es curioso, pero para hacer este catálogo hemos recurrido también a una revisión fotográfica de folletos y archivos. Todos sabemos lo que nos gusta y eso queda plasmado en la memoria», apunta Aranburu.
Señas de identidad
El proceso sigue su camino. Ahora está a falta de que otro departamento de Medio Ambiente (Ordenación del Territorio) incorpore al catálogo un resumen de hitos basados en la actividad humana. «Es cierto, hay cierto déficit de paisaje urbano. El 90% de la población vive en ciudades», conceden desde Vitoria. Por eso se considera la introducción en el catálogo de elementos visuales singulares, desde el Guggenheim hasta el Puente Colgante, pasando por el casco medieval de Vitoria o las Siete Calles.
El hombre crea belleza, pero también la destruye. Sus actividades contaminan el aire, el agua, el suelo... su acción lo ocupa todo. Desde vertederos a urbanizaciones, desde carreteras a molinos, todo se suma para evitar que la Naturaleza siga con su curso, con su producción de vida. Hoy, las zonas mejor conservadas son las menos desarrolladas. Ahora, cuando el crecimiento lo amenaza todo, es el momento de «proteger los signos de identidad que nos identifican», defiende Aranburu. Como dejó escrito Fernando González Bernáldez, catedrático de Ecología y uno de sus principales impulsores, la educación ambiental «es como la respiración para la sociedad». Y cada día necesitamos más del aire.