Pitágoras aplicó las matemáticas a la vida. Primero descubrió que la belleza de la música se esconde en escalas que siguen un orden guiado por los números 4, 5 y 8. Más tarde intuyó que todas las cosas del universo son, en último término, números. La belleza y la armonía del mundo dependen, en definitiva, de proporciones numéricas. Ya saben, el número áureo que rige la distribución en los cuadros de los grandes pintores (y, también, las dimensiones de las tarjetas de crédito), la divina proporción, los cánones sobre la belleza del cuerpo humano... Algo parecido pasa con los paisajes. Todavía no se sabe bien por qué, pero si a usted le muestran la foto de una campa con la hierba recién cortada y otra de esa misma campa humedecida, brillante y con un charco provocado por la lluvia recién caída y le preguntan cuál de las dos le gusta más, siempre responderá que la segunda. «Es un método sobre percepción del paisaje desarrollado por la universidad de Oxford que nos ayuda a trabajar», apunta Antón Aranburu, jefe del servicio vasco de Biodiversidad.