El presidente de la Generalitat ha acordado prescindir de Esquerra Republicana como socio de gobierno y convocar elecciones anticipadas, probablemente para el próximo otoño. La razón última de esta grave decisión hay que situarla inequívocamente en la irresistible situación en la que se encontraba Pascual Maragall tras el acuerdo adoptado el fin de semana pasado por el Consejo Nacional de ERC de defender el voto negativo en el referéndum estatutario. Tanto la expulsión de ERC del Gobierno como la convocatoria anticipada de elecciones cumplen a la perfección los objetivos políticos que para la presente legislatura se había marcado CiU y que de manera repetida y notoria han sido planteados por sus máximos líderes.
Es lógico que Artur Mas se sienta satisfecho y califique el hecho de «buena noticia», porque entiende que «limpia la atmósfera» política cara al referéndum. Desde una perspectiva partidaria es absolutamente normal la reacción del líder convergente, pues la crisis desatada con la decisión de Esquerra lo que pone realmente de manifiesto es el fracaso del gobierno tripartito de izquierdas y, por consiguiente, la inviabilidad política de la alianza que se fraguó en el llamado pacto del Tinell, que a su vez permitió a Maragall acceder a la Presidencia de la Generalitat, cerrando la vía a la continuidad de CiU en la dirección del Gobierno.
En este sentido, lo sucedido no deja de ser la contra-factura de lo que sucedió con la firma del pacto de gobierno entre PSC, ERC e ICV el día 14 de noviembre de 2003. Parece claro que los mayores perjudicados por el fracaso del tripartito catalán son, por una parte, el presidente Maragall y con él todos aquellos que dentro del socialismo catalán sostienen y defienden una capacidad de decisión real y efectiva del PSC respecto del PSOE; por otra parte, Esquerra Republicana de Cataluña que, con independencia de lo que vaya a suceder con su representación electoral en las próximas elecciones autonómicas, va a ver reducida notablemente su capacidad real de influencia sobre las demás formaciones, que a la luz de los acontecimientos actuales, seguramente, verán en este partido un aliado con demasiado riesgo para futuras aventuras políticas.
Y todo ello sin descartar posibles crisis internas que, a buen seguro, surgirán si los resultados electorales y los del referéndum no dan la cobertura suficiente a las decisiones adoptadas recientemente. Además de lo anterior, la expulsión de ERC del Govern pone de manifiesto el fracaso de quienes idearon el gobierno tripartito de izquierdas como una alternativa estratégica a lo que ha representado y representa CiU en el conjunto de la sociedad catalana. Parece evidente que las causas fundamentales del fracaso no están tanto en los límites que tal pretensión pudiera tener en la sociedad, cuanto en las impaciencias y en los errores cometidos por las propias formaciones del tripartito, amén del papel jugado por el propio Zapatero en la relevancia y el protagonismo institucional de CiU.
Salvando las distancias, me recuerda mucho a los errores cometidos en Euskadi en 1986 con el intento de formación del 'gobierno progresista', tras la ruptura del PNV y la situación emergente de EA.
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