No sé si ustedes recuerdan aquella canción que hablaba de las casitas del barrio alto, las mansiones inalcanzables en las que ningún ciudadano con un sueldo común podría vivir sin dejarse los gayumbos en el intento. Estas viviendas a las que sólo podían tener acceso los grandes pudientes mientras el resto de la población civil tenía que conformarse con verlas desde un telescopio de pago, me recuerdan mucho a las nuevas casas de lujo asiático que van a construirse en Armentia y Uleta, 542 viviendas para ricos muy ricos que darán empaque, pompa y circunstancia a la zona.
La única objeción que se me ocurre a tanto alarde de lujo es la de considerar que miles de ciudadanos se siguen presentando a torturantes sorteos, empeñándose hasta el gañote y sufriendo penas cotidianas para poder pagarse una choza en un barrio popular, mientras unos cuantos privilegiados van a tener a su disposición todo un oasis espléndido en el que pasar sus horas muertas lejos del mundanal estruendo cotidiano. Tendrá que ser así, según dijo el sabio.
De todas formas, todo esto no deja de sorprender a la mente más ingenua: dificultades insuperables para encontrar una casa modesta o muy modesta y, un poco más arriba, mansiones dignas de Beverly Hills. No es que sea extraño, no vamos a ser ingenuos a estas alturas, pero tampoco resulta muy edificante, y disculpen la broma verbal, dadas las circunstancias del mercado inmobiliario.
Me imagino a esos miles de jóvenes que desean vivir en una casa propia, digna y aseada, aunque sea rascando la hucha y endeudándose hasta el último de los siglos. Y me imagino a esos cientos de ciudadanos protegidos por los esquivos dioses de la fortuna firmando las escrituras de una casa de lujo con la tranquilidad intacta.