-Da la sensación de que la suya es una profesión mal avenida.
-Los ciudadanos deben saber que en el ejercicio de nuestra función está siempre latente una tensión. Realizamos un trabajo encaminado a resolver un conflicto ya sea entre particulares, con la Administración... Hablamos de una pugna y controversia que de por sí provoca una tensión.
-¿Algunos jueces tienen afán de protagonismo?
-Probablemente sí. A fin de cuentas, los jueces son personas, y desde luego cometemos pecados mortales y veniales. Podemos tener inclinaciones al protagonismo, la vanidad, la soberbia... De lo que se trata es de que no afecte al trabajo.
-¿Cómo se explica la oposición de la APM a la reforma judicial?
-La única realidad que existe tras esta reforma es la que responde a una negociación política que no está guiada por las motivaciones que se nos indican desde el Gobierno. No se va a conseguir mejorar el servicio. Todo lo contrario. Va a provocar un gran riesgo en la independencia de los jueces.
-¿Por qué?
-En definitiva, es una concesión a las tradicionales reclamaciones de los partidos nacionalistas. Viene de la mano del Estatuto catalán con la intención de dar un paso más en las pretensiones a las que siempre han aspirado las fuerzas nacionalistas para dotarse de un poder judicial propio como elemento de construcción soberanista.
-¿Cómo se soluciona entonces el atasco judicial?
-Aumentando la plantilla. Pero no con una Justicia de proximidad en la que se reclute a jueces del país por el mero hecho de que conocen el idioma y el derecho propios, sino seleccionando los jueces mejor formados, jurídica y técnicamente, escogidos por un sistema que garantice los principios de mérito, igualdad y capacidad.