El reciente informe de CC OO en torno a la Sanidad pública vasca viene a reiterar el demoledor análisis que dio a conocer ELA el año pasado. La atención sanitaria de Euskadi, de la que los ciudadanos se sienten aún orgullosos y que tantas sanas envidias ha suscitado siempre más allá de nuestra comunidad, está dando signos de debilidad y agotamiento. Algo no funciona. No es sólo la advertencia contenida en los informes de los sindicatos. A ello se añade el creciente descontento de los usuarios (aumento de las quejas por listas de espera y por fallos de organización), la desmotivación de los profesionales por acumulación de trabajo (plantillas ajustadas al mínimo), por falta de incentivos y expectativas y por el déficit de formación que todo ello genera. En ese sentido, cabe preguntarse, por ejemplo, cómo va a formarse un cirujano si sólo es contratado para realizar una operación y no puede seguir la evolución del paciente.
Son demasiados síntomas, preocupantes síntomas, de un previsible deterioro. No se puede exigir permanentemente calidad y excelencia en la atención cuando se regatean los correspondientes medios, cuando se piden soluciones y se responde con parcheos, cuando no se llega ni a las demandas diarias. Es el momento de tomar nota y aplicar el tratamiento. La sanidad pública debe seguir siendo un servicio eficaz y de plena confianza para la ciudadanía. Pero es un objetivo que difícilmente se puede alcanzar sin una apuesta clara y decidida por parte de sus administradores y, por supuesto, con una política de inversiones acorde con el crecimiento económico de la comunidad. Invertir en la Sanidad pública, en tecnología y en recursos humanos, contribuye a la calidad asistencial y es reflejo de progreso y de eficacia. La mejor 'Q' es la que proporciona un personal incentivado y una ciudadanía plenamente satisfecha.