Los pinos suelen vivir cien años, aunque su logevidad varía en función de si están en lugares más o menos sombríos, más o menos húmedos y sometidos a corrientes de aire, o si sufren alguna enfermedad, con lo que podría acortarse drásticamente.
El pinar de Oma, compuesto por unos 600 árboles sembrados hace aproximadamente cuatro décadas, tendría por delante, según estos cálculos, otros 60 años de vida siempre que se cuide adecuadamente. Su existencia variará en función de los cuidados que se le dispensen.
En algunos pinos se observan ciertos síntomas prematuros de extinción, al secarse algunas ramas sin aparente motivo; parece un fenómeno natural. Después del primer ataque que sufrió el bosque, en el año 2000, un equipo de biólogos y geólogos consultado por la Diputación foral confirmó el relativo buen estado de esta masa arbórea, después de estudiar «el estado nutritivo y de conservación del suelo y de los árboles, así como la presencia de vegetación espontánea y del impacto que pudiera tener sobre la conservación del conjunto».
El artista, que en su momento tuvo el cuidado de emplear «pinturas sintéticas de tipo vinílico, que no daña al árbol», lleva tiempo quejándose del desigual esmero con que se realizan las labores periódicas de eliminación de maleza que encarga la Diputación, ya que, por ejemplo, en los lugares más extremos no se llegan a eliminar las plantas trepadoras.
Rebeldía creativa
El Bosque Pintado es la primera gran intervención en el paisaje de este inquieto artista, y la más popular. Hacia 1982, Ibarrola entró a saco en esta propiedad privada, cerca de su caserío en el valle de Oma. El creativo acto de rebeldía del creador, que por entonces estaba en la cincuentena, alcanzó a unos 800 pinos. A principios de los años 90, en tiempos del diputado general José Alberto Pradera, la Diputación de Vizcaya adquirió una buena parte del Bosque Pintado al propietario principal, pero tardó en hacerse cargo de este bien público; incluso en incluirlo con decisión en sus campañas de promoción turística.
Fue el propio Ibarrola -que recientemente ha decidido trasladar su legado a una fundación que llevará su nombre en Ávila-, quien a mediados de aquella década pidió por primera vez ayuda a la facultad de Bellas Artes de la UPV. Había que restaurar algunas de las composiciones pictóricas, que con los años pierden prestancia. Él mismo tuvo que dirigir y llevar a cabo el trabajo, ayudado por un grupo de estudiantes.