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Domingo, 23 de abril de 2006
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POR CARLOS PÉREZ URALDE
Las cuatro estaciones
Vitoria es una ciudad sorprendente; se pueden sufrir todas las estaciones del año en apenas hora y media
Las cuatro estaciones
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Usted se levanta animosamente por la mañana, comprueba con aprensión justificada el estado del tiempo tras la ventana y siente deseos irreprimibles de volver a las sábanas porque el día es gris, todo parece una sucursal del cementerio y hace un frío aproximadamente polar. Se pone la bata porque el pijama es insuficiente y se dirige al baño a cumplir con sus abluciones higiénicas habituales, pero cuando abre cautelosamente la ventanita después de haberse mojado la cara en el lavabo comprueba que hace un sol espléndido, que los rayos solares entran por todas partes como efectos de luminotecnia y que usted merece ser feliz. Se ducha, se lava los dientes y vuelve al pasillo camino de su cuarto como cualquier disciplinado homínido. Pero en el trayecto de apenas cinco metros todo ha cambiado de nuevo: La luz es mortecina, por las ventanas se distingue el diluvio universal y todo vuelve a ser tan gris como una muralla de cemento.

Como tiene que ir a trabajar, elige su vestuario cuidadosamente. Tras otra ojeada perpleja al panorama, decide calzarse las botas recias, una americana gruesa y ese jersey blindado que le regaló su mujer por su cumpleaños. Pero al salir del vestidor comprueba fascinado que los pajaritos cantan, las nubes se levantan y la calle tiene aspecto de escenario caribeño. Entonces se quita las botas, las sustituye por unos zapatos planos, cambia la gruesa indumentaria por un traje de entretiempo, se quita la camiseta térmica y se dispone a salir a la calle camino del trabajo. Equivocada decisión: una tromba de agua incontrolable desciende de los cielos remotos y usted, cándido defensor de la calidad de los partes meteorológicos, vuelve a refugiarse en su nido con un punto de desesperación en su ánimo atontado. En apenas una hora ha cruzado las cuatro estaciones, excluida por el momento la que suele acarrear nieve. Ahí vuelve a equivocarse: por la maldita ventana puede verse el pertinaz rocío de una nevada polar. Y le quedan apenas diez minutos para emprender la ruta hacia la oficina.

Salvo el traje de baño, que podría ser considerado pieza indumentaria propia de un majara, se lo ha probado todo: desde un traje de montañero bávaro hasta un suéter muy leve pasando por tres tipos de calcetines, dos pantalones de grosor distinto, unos zapatones impropios de un ser humano y tres tipos de paraguas. Vuelve a mirar por la ventana y comprueba conmovido que la mañana está soleada, que las avecillas susurran sus canciones monótonas, que los niños del colegio de enfrente saltan y bailan y que al final puede ser un gran día.

Vitoria es una ciudad sorprendente, dice usted, se pueden sufrir las cuatro estaciones del año en hora y media, deberíamos incluir tan feliz idiosincrasia en los panfletos turísticos. Al final se viste de lagarterana, se despide de su mujer dormida y ajena a las turbulencias del tiempo y con un par de cataplines bien puestos toma el ascensor y que sea lo que Dios quiera.

Cuando mis amigos de fuera me preguntan qué tiempo hace en mi ciudad natal no tengo más remedio honradamente que decirles que no lo sé. Suelo servirme de mensajes equívocos, o contradictorios, o inexplicables. Cómo voy a contarles que es posible que cuado lleguen gocen de un sol tropical, inmediatamete desmentido por un chaparrón bíblico que a su vez dejará paso a una helada polar y que hará compatibles las aves primaverales y los pingüinos. Ahora mismo voy a salir de casa, vestido de astronauta lunar, con un paraguas que perderé en cualquier parte, una gabardina que me dejaré en cualquier bar y un calor sofocante que dejará brusco paso a una tembladera de tísico. Son las virtudes climatológicas de esta tierra ejemplar.



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