Una cosa es el hambre y otra las ganas de comer. Y otra pero que muy distinta el apetito cuando se refiere al ansia desmedida de alimentar el caudal propio, o la vanidad, o el orgullo, o la notoriedad y toda esa especie de apetencias codiciosas que, a veces, se confunden con las sanas ambiciones, y de algún modo en demasiadas ocasiones se disfrazan de peculiares acciones altruistas de hondo humanitarismo. Los que crecieron a mesa puesta en horario fijo y postre como premio tras el hartazgo previo de lo poco apetitoso, aún recuerdan de la infancia el reiterado apremio de limpiar el plato hasta dejarlo mondo, con aquello tan domésticamente solidario de apelar a la conciencia todavía en pañales del niño blanco bien alimentado con la hambruna lastimera y africana del negrito esquelético a un enjambre de moscas pegado.
Saciando de algún modo el deseo de noticias de otros mundos se puede leer en un periódico que el Gobierno de Kenia ha rehusado 42 toneladas de comida para perros. Rechazaron las autoridades el ofrecimiento de una fabricante de productos caninos neozelandesa, conmovida hasta el tuétano por la suerte de miles de pequeños hambrientos. Ya dijo Benavente que la filantropía es una forma de egoísmo consistente en procurar que todos estén bien para uno estar mejor. La filántropa alegaba que tenía pensado inicialmente enviar galletas para mascotas cambiándoles las vitaminas, adaptándolas a las necesidades de los pequeños de Kenia, tan grande era su conmoción por la desnutrición espantosa de la legión de criaturas famélicas que seguro envidiarían las suculentas vituallas de las escudillas de las perreras de las tierras hartas.
Finalmente, optó la empresaria abnegada y desinteresada por el envío de sacos de polvo liofilizado «altamente nutritivos», fabricado con los mismos ingredientes que hacen que se lama los morros su caniche en el desayuno. El polvo, a mezclar con agua, compuesto de carne deshidratada -buey, cordero, ave, cerdo, huevos, cereales- resulta un concentrado de productos de un «gusto delicioso», que en esa parte y otras de Africa sólo se los encuentran juntos y en unión los que van de safari a la hora del comedor. Gracias, pero no, dijo Nairobi, a otro perro con esos huesos.