El Correo Digital
Sábado, 22 de abril de 2006
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OPINIÓN
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Paradojas de la escolarización temprana
Nunca sé si mi preocupación por la indisciplina y la desmotivación de los jóvenes escolares es un diagnóstico objetivo o una mera justificación de mis torpezas docentes. Cuando, sobrepasado por no saber trasmitir a mis alumnos el gusto por la lectura, el lenguaje y el pensamiento, vuelvo la atención a mi hija de seis años y observo la avidez con la que ella busca las palabras y los libros, me pregunto si nuestro sistema educativo no estará succionando la curiosidad natural del niño en lugar de estimularla y encauzarla.

Por eso me reconfortó encontrar las siguientes palabras del Gil Calvo en su artículo 'La persistencia del escolasticismo' ('El País', 23-12-05): «...esta enseñanza puramente escolástica encierra a los menores en una ficticia burbuja apartada de la realidad, donde pierden el tiempo durante quince años entretenidos en el aprendizaje de la incompetencia y la irresponsabilidad como si fuera un juego de niños. Es la subcultura estudiantil del odio al esfuerzo, el desprecio al trabajo, el amor al ocio gratuito y el ansia de consumo pasivo».

Bueno, igual se pasa un poco, pero me parece muy conveniente que revisemos algunos aspectos de la escolarización de los más pequeños si, como dicen los expertos, los primeros años de vida son tan determinantes de la personalidad del futuro adulto. Porque, pese a lo deseados que son nuestros pequeñuelos -sabidas son las dificultades de traer niños al mundo-, se diría que todo conspira para que estemos con ellos el menor tiempo posible. Nos preocupa tanto su futuro que los confiamos a los abuelos, al servicio doméstico o a las guarderías al poco de nacer para ganar todo el dinero que podamos para satisfacer con creces sus necesidades materiales, sin querer reparar en que las necesidades afectivas de cariño, presencia y paciencia, son mucho más prioritarias. Somos incapaces de preferir las estrecheces económicas con el niño a los desahogos monetarios en su ausencia pero, eso sí, no paramos de lamentar el poco tiempo que tenemos para nuestros niños, como si no tuviéramos la libertad de elegir. Sabemos que los pediatras no encuentran ventaja alguna para el sistema inmunológico en el contacto temprano con otros niños, pero a nosotros nos gusta aparentar lo contrario, que nos parece muy bueno para el bebé sacarlo de casa a las siete de la mañana para 'socializarlo' hasta las tantas, sin reconocer siquiera que lo hacemos por nosotros y no por él.

Quedó tan destrozada la figura del ama de casa en los tiempos del feminismo emergente que pocas son las mujeres que se permiten aceptar el deseo de dedicar unos años a criar a ese niño que tanto buscaron y a actuar en consecuencia. Sabemos que en los países más desarrollados vuelve a legitimarse la figura de la madre y del padre que priorizan por sí mismos -dejemos al Estado en paz, por un momento- la educación de sus hijos frente a otras tareas o aficiones, pero aquí seguimos llenos de complejos, considerando humillante para la mujer la decisión de dedicarse de pleno a la crianza cuando ello es posible, claro está. Se dirá que es cuestión de dinero que ambos progenitores deban trabajar a destajo para sacar adelante a sus vástagos, pero yo no lo creo. En muchos casos, bastaría con renunciar al monovolumen, a las vacaciones en la costa o a las cenas de los sábados si hace falta. Sé que no se puede generalizar, pero parece que la presión social por aparentar un buen nivel de vida es más fuerte que el deseo de educar al niño sin sucumbir al estrés laboral dominante.

Desde la guardería hasta la ESO la escolarización incluye comedores y, al tiempo que todos valoramos nuestro paladar exquisito, nos quedamos tan anchos sabiendo qué hábitos alimentarios tan dudosos se inculcan en los centros escolares, no sólo por las comidas del 'catering' de rigor sino por la bollería, las chuches y demás porquerías que acostumbran a comer los peques. Pero, eso sí, proclamaremos a los cuatro vientos lo bien que come nuestro chiquitín en la escuela, ignorando la mediocre calidad alimentaria y la insensibilidad hacia los desperdicios que genera. Además, quien quiera seguir ocupándose de comer con sus hijos no dispondrá de transporte escolar al mediodía, por lo que tendrá que elegir entre derrochar tiempo y gasolina o aceptar como forzosos los comedores escolares.

Sutilezas excesivas? Pudiera ser. Pero, por favor, no las despreciemos si queremos seguir diciendo que los padres no deben delegar en la escuela la educación de sus hijos. Crece el teletrabajo gracias a Internet y aumenta la posibilidad de que haya padres insatisfechos con tan temprana escolarización y defiendan su derecho (constitucionalmente amparado, por cierto) a educar a sus hijos en casa, en sus entornos rurales, en su vida nómada o en sus valores peculiares, más alternativos o convencionales. ¿Y qué pasa entonces? ¿Que hay que comparecer ante la Fiscalía de Menores para explicar que no eres un delincuente ni un maltratador, que si no escolarizas a tu hijo por las tardes es porque prefieres estar con él a que se atiborre de vídeos en la escuela? ¿La obligatoriedad de la enseñanza se refiere a la obligación del Estado en ofertarla o a la obligatoriedad del niño en recibirla?

El Estado de Bienestar es, socialmente, lo más valioso que tenemos: los médicos te operan gratis, los profesores te ayudan a cualificarte, los juzgados de familia te ayudan a resolver lo que tú no sabes... Ahora bien, se diría que a veces el Estado confunde mínimos y máximos y no distingue a los individuos que no hacen determinadas cosas por desidia de los que no las hacen por convicción. Me explico: ¿Tiene una persona derecho a estar en contra de la vacunación obligatoria? ¿Hay que respetar a los padres que prefieren no dejar a sus hijos en el comedor o, sencillamente, prescindir de la escuela? ¿Hay que suponer que, dado el machismo dominante, en un proceso de separación los hijos siempre están mejor con su madre? Mínimos, máximos, falacia pre-trans (que diría Ken Wilber) que nos hace confundir las ventajas del Estado con que éste se nos meta hasta en la sopa.

Problemas de minorías, ciertamente, pero que nos auguran futuros debates sociales en los que está en juego igualar a la población a la baja o posibilitar que nuevas maneras de vivir se abran paso en el futuro. En una época en que la educación de los niños presenta crecientes carencias, sea por las limitaciones del sistema educativo o por las características de la familia y la sociedad actuales, parece un poco tremebundo que el Estado se obceque en utilizar su autoridad para amenazar a los escasos padres que intentan asumir sus responsabilidades educativas como mejor les parece, aunque sea contrariando la abusiva tendencia de intentar 'colocar' en donde sea -en la escuela, en las extraescolares, con la abuela o con la cuidadora-, pero lo más lejos posible, a esos hijos que con tanto ilusión tuvieron.



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