El inicio de la contrarreloj es un silencio expectante: como el que va del relámpago al trueno. Como el que separa la salida de un corredor de la primera referencia. Luego, la crono es un estallido.
Hasta el alto de Beci, Gómez Marchante parecía un espectador. Las manecillas del reloj pendían, o eso parecía, de Samuel Sánchez y Contador, el líder y su consorte. Pero el reloj no sabe de pronósticos. Sólo mide. Es frío, despiadado. Samuel corría en casa, tocando con los dedos el alma de su afición, apostada en las cunetas. El reloj no le vio. Contador venía como atraído por la montaña, con todos los puntos del manual de usuario de una contrarreloj marcados en la figura. Pero tampoco el tiempo reparó en él. La etapa y la Vuelta cambiaban de hora. Reajuste. Y el silencio bramó. Matxin, director del tremendo Saunier Duval, se quedó ronco. Puso arena en la voz. Notó que era dueño del relámpago, que sobre ese rayo pedaleaba Marchante. La primera referencia volteó la carrera. Ya no estaba entre Samuel y Contador. Era cosa de Marchante y Valverde, segundo en la etapa y en la Vuelta, y también vencedor moral ayer: ahora ya sabe que su viaje a través del tiempo, de la mejoría contra el crono, es recto. Marchante se llevó la ronda y Valverde se cargó de razones para el Tour.
La clave, 56 dientes
Todo eso dijo el reloj. Matxin le facilitó argumentos. Por la mañana, mientras Marchante -un bálsamo en el hotel y un corsario en la carretera- se relajaba, el técnico palpaba la crono. Se llevó a su líder en el coche para seguir en la etapa a otro diamante, otro 'niño', Arkaitz Durán. Experimentaron con él. Le impusieron un ritmo exagerado desde la salida, a lomos de un plato de 56 dientes. Una tuerca. El resto de los candidatos no se atrevió: rodaron con 55. Durán lo pagó al final. Entonces, Matxin calibró. Había que seguir con el análisis. Y siguió a otro de los suyos. A Cobo. A éste le pidió que guardara fuel para el último tramo. Mejor. Sumó todos los datos y salió en silencio detrás de Marchante, separado en la general por sólo 9 segundos de Samuel y Contador. El tiempo es voluble: hasta Beci esa distancia ocupaba un abismo. En el puerto, desapareció. Ahí despertó el volcán en el coche del Saunier. Hacia abajo, los 56 dientes mordían la Vuelta, segundo a segundo. Marchante nunca había ganado una carrera profesional. Era un atacante, un tirador sin tino, que atornillaba los pedales en busca de una metamorfosis. Iba a estrenar su palmarés -sólo había ganado una carrera de segunda en Portugal-. Y lo hizo a lo grande; escuchando los gritos de Matxin, que notaba cómo la ronda se estibaba de su lado.
El reloj era suyo. Samuel, bloqueado, como clavado en su montaña, cedió 51 segundos -sexto en la general final-. «Cuando noté que nadie me daba referencias, supe que iba mal». Contador, a disgusto, molesto, se dejó 29. «Era un día ideal para mí, pero, simplemente, no lo ha sido». Fuera de tiempo. Para entonces, ni Vila, ni Evans, ni Azevedo, ni Sinkewitz, ni Rebellin eran ya rivales. El duelo era otro, inesperado: Marchante contra el dúo del Islas Baleares: Valverde y el cada vez más sólido Colom, tercero en el podio. La Vuelta era un péndulo. Oscilaba en apenas unos segundos. Las referencias seguían desgranando ilusiones y chasquidos de decepción. Martxante notaba que la sensación de victoria progresaba por sus piernas.
Quedaba el alto de La Herrera. Allí cambió el destino del Saunier Duval. Un día antes había perdido la etapa, la que Cobo no pudo disputarle a Voigt y Voeckler. Esta vez, en La Herrera se cruzaron la derrota de Valverde y la victoria de Marchante, catapultado por los 56 dientes. Cuesta abajo, descosido. Un escalador amigo del reloj. Un hombre Tour. Nadie puso más ilusión por kilómetro. Matxin llevaba el rostro de los días difíciles, de los históricos. Y la voz agostada, abrasada, consciente de la magnitud del día. Vino con un equipo diezmado por las lesiones, con un palmarés escaso y sin número en las quinielas. Sólo él señalaba como candidato a Marchante, el ciclista excesivo, el que se precipitó con un ataque suicida camino de Segura, el que agitó al grupo en Jaizkikel, Minas y Beci. El tiempo, el reloj, le dio ayer la razón a Matxin.