El Correo Digital
Domingo, 9 de abril de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
POR CARLOS PÉREZ URALDE
Capuchas de Semana Santa
Las procesiones continúan, ya que buena parte de la ciudadanía se larga de la ciudad hacia el campo o la playa
Capuchas de Semana Santa
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La primera vez que en mi tierna infancia pude ver en el cine del colegio a una turba de encapuchados vestidos de blanco que clavaban cruces ardientes y procedían con airado interés a matar negros, me dí cuenta de que en mi misma ciudad salían por estas fechas gentes muy parecidas, vestidas también de blanco con capirotes en la cabeza, dónde si no, aunque no parecían dedicarse al exterminio de nadie.

Desfilaban con paso marcial, se les veían los pantalones bajo el sayo y aunque considerablemente tétricos, parecían inofensivos. Les acompañaban tambores solemnes, alguna saeta melodramática y un Hijo de Dios Padre con cara doliente, expresión facial muy comprensible teniendo en cuenta que el pobre tenía las manos y los pies taladrados por los clavos. Era un espectáculo que ya me parecía lúgubre mucho antes de enterarme de lo que significaba la palabra lúgubre. Nunca logré disfrutar de semejante alarde.

Ahora las llamadas procesiones de Semana Santa siguen produciéndose, aunque convertidas en espectáculo sin tantas connotaciones amargas. Buena parte de la ciudadanía espesa y municipal se larga de la ciudad rumbo al campo o a la playa, pasa del disfraz de nazareno doliente y vuelve renovado de su eventual destino sin otros sacrificios que los que se han acumulando en su tarjeta de crédito.

La Semana Santa es hoy un evento festivo sin mayor trascendencia, aunque lejos de mi intención negar que supone una experiencia mística para algunos ciudadanos, como el Ramadán para los árabes o el ayuno de cerdo para los judíos. Se trata de celebraciones exóticas para unos, rituales de gran importancia espiritual para otros y manifestaciones más ligadas al folklore que a otra cosa para los demás. Allá cada cual con sus creencias o su falta de ellas.

Pero déjenme detenerme en el hecho comprobado de ese éxodo masivo de gente hacia cercanas o lejanas tierras. En bares, tabernas y otros lugares de esparcimiento sólo se oye hablar de destinos turísticos, de revisión del coche, de cheques hoteleros, de cómo dejar cómoda a la abuela en la residencia, y se intercambian nombres de playas, de montañas, ríos y casas rurales, siempre con un tono escasamente espiritual. Es el signo de los tiempos y yo no lo veo mal: bastante nos ha hecho sufrir los señores de la sotana como para permitirles que nos impidan disfrutar de una semana de juerga controlada. Con todos los respetos debidos, faltaría más.

Hay dos imágenes de mi infancia que acuden a mi cabeza como estampas recurrentes: una, la de las estatuas piadosas cubiertas por mantos negros en la hornacina de la iglesia y otra la del catafalco trasparente de Cristo custodiado por un regimiento de soldados con el fusil al revés. Creo que ya no se usan esas piezas del decorado, pero ya me dirán ustedes qué impresión puede obtener un niño de un espectáculo semejante.

No quiero insistir en el asunto. Sólo evocar a esos ciudadanos que, después de desfilar con solemnidad de autómatas vestidos de heraldos tétricos, se quitan la caperuza,se la colocan bajo el sobaco y van a tomar potes con el deber cumplido pero con ganas de honrada jarana.

Disfrute usted del buen tiempo si lo hay, escóndase en una playa y olvide que puede redimir las penas del mundo poniéndose una capucha con dos ranuras a la altura de cada ojo. Y que me disculpen los creyentes de verdad por si encuentran motivo de queja en lo que he dejado escrito. Mientras tanto resuenan los tambores, alguien lleva la cruz sobre los hombros, los niños están de vacaciones y papá y mamá preparan las maletas. Y eso es todo.



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