Ocurre en el capítulo sexto del Quijote. El cura está expurgando la biblioteca de Alonso Quijano cuando se le cae un volumen. Al recogerlo, descubre que es 'Tirante el Blanco'. El clérigo se apresura a separarlo de los libros de caballería que piensa quemar. Entusiasmado, lo califica de «tesoro de contento» y «mina de pasatiempos». «Por su estilo», sentencia, «es este el mejor libro del mundo».
No hay duda de que es Cervantes quien habla a través del cura. La obra de Joan Martorell representa exactamente lo contrario de aquello que él se proponía demoler. Se trata de un libro de caballerías, sí, pero de uno de corte realista que evita la superchería y el alambicamiento propios del género. Lo que separa a 'Tirante el Blanco' de otros opúsculos atiborrados de héroes y princesas es esa combinación de hondura y encanto que distingue a la gran literatura. Martorell confeccionó un baúl con materiales nobles y lo llenó de historias fascinantes. Resulta difícil imaginar lo que su libro significó para un lector como Cervantes, aquel hombre melancólico aficionado a leer «hasta los papeles rotos de las calles».
Quienes se acerquen hoy a 'Tirante el Blanco' se sorprenderán sin duda por su modernidad y ambición. Vargas Llosa la ha calificado de «novela total» y ha situado a su autor en la estirpe de Dickens, Tolstoi y Faulkner. Sólo la morosidad de sus parlamentos puede resultarnos incómoda. Superar ese escollo es franquear la puerta a un mundo hiperbólico en el que habitan unos personajes dotados de un raro vigor: criaturas como la doncella Placerdemivida, esa sofisticada teórica del libertinaje, o en el caballero Kirieleison de Montalbá, una especie de 'gentleman' brutal que procedía «de raza de gigantes». Pocos textos medievales han llegado hasta nosotros con la frescura del de Martorell. Como ocurre en las mejores novelas contemporáneas, en sus páginas cabe la desmesura y la sutileza, el humor y la gravedad, la furia y la pasión.