Hay en Beci, la cuesta que se subirá el sábado en la contrarreloj final, un mensaje sobre el asfalto. Repetido como un estribillo. Pintado en blanco desleído. Es un nombre: 'Samuel Sánchez'. Hasta ayer, era una pintada de ánimo archivada allí hace un par de años; desde ayer, parece un augurio. Antes de esta Vuelta, el asturiano era un campeón precario, con su carrera deportiva encadenada a la precipitación y la mala suerte. Era un ciclista con hábito de derrota. Ya no. Mutación. Ya es un ganador, el estrato más cotizado de la jerarquía ciclista. En las fotografías pasadas, Samuel era el del fondo, el que siempre iba detrás del tipo que levantaba los brazos. En la imagen de hoy despliega todos los gestos de la victoria, desde la alegría a la emoción. Ya tiene costumbre de victoria. Hasta las suma: una en Segura y otra en Lerín. Hasta las multiplica: la de ayer vale para reforzar su liderato, para pagar plazos en el futuro del Euskaltel-Euskadi y para reclamar ante un contrarrelojista como Contador el triunfo final en la Vuelta al País Vasco. Samuel ya es otro. Habrá que repintar el asfalto de Beci, tan cerca de Güeñes, su hogar vizcaíno.
El martes, en Segura, anunció por la mañana su triunfo. Ayer lo edificó sobre la marcha. Lerín es una cresta, un nido de casas sobre un risco asomado al río Ega. Un farallón al que trepa una cuerda de asfalto con nudos del 14 por ciento de desnivel. Lerín es Navarra, rodeado de campos con el calor café de la buena tierra, pero parece Italia. Un pueblo de los Apeninos. Colgado. Por eso se esperaba allí a Di Luca o a Rebellin, tipos con la navaja siempre a mano. O a Freire y Valverde, dos ciclistas universales, equipados de serie para cualquier llegada. «Yo no esperaba ganar», reconoció luego Samuel Sánchez. Pero, sin notarlo, había ingresado un día antes en la estirpe de los vencedores, de ese tipo de corredor favorecido por la inercia y capaces de improvisar. Incluso, Samuel es ya un ciclista afortunado. Al fin.
A veces, la victorias penden de detalles. Optar por un piñón de 25 dientes, frente a los habituales 23, resultó un acierto. Los 500 últimos metros de la Cuesta del Palacio precisaban una fórmula exacta. El impulsivo Gómez Marchante y el inevitable Bertagnolli habían ahorrado unos metros. Rebellin, el esperado, y Contador, el polivalente favorito para la Vuelta, subían justo detrás por esa escalera de curvas. Samuel, el otro Samuel, el nuevo, medía. Bailaba sobre los 25 dientes. Guardaba músculo para echarlo luego sobre el piñón de 23 e inmediatamente, con la pancarta a la vista, apretar el botón del plato grande. Era la clave. Sólo había que pulsarla con fuerza. Con la energía de un garfio. Mientras el líder asturiano le guiñaba un ojo al cielo, a la madre que le falta, detrás a Rebellin, Contador, Marchante y Evans se les acumulaba el trabajo encima del manillar. Más lastrados aún iban Serrano, Aitor Osa y Sinkewitz (a 7 segundos); Valverde y Bru (a 10); Vila (a 18), y Azevedo (a 23). El grupo estaba lleno de muñones. Incluso faltaba ya un amputado, uno de los ilustres, Schleck, tumbado por un bache traidor y una caída al inicio de la etapa -también Aitor Osa resultó dañado en una muñeca-. La Vuelta se reduce.
Resultó un día duro. Completo: sol y lluvia, montaña y viento. El desfile de paisajes propició el abanico. Por las encías de Urbasa, cepillaron el asfalto Egoi Martínez y Parra. Navarro y colombiano. Egoi es de Etxarri. Ha crecido con la sierra de Urbasa, en su ventana. Se ha hecho ciclista curveando entre esos hayedos y robledales, sobre esa tierra que devuelve la humedad. Por eso se fugó. No para ganar. Sino para recordar. Homenaje a su hogar, a su gente. El ciclismo es un sentimiento. A la espalda de Urbasa, en slalom hacia Estella, el bosque caduco dejó su lugar a los plásticos que protegen los espárragos. Y camino de Lerín, a los viñedos y olivares. Y al viento, que devolvió a Egoi y Parra al pelotón. Lerín, sostenido por una roca tajada, era para otros. Para italianos, parecía.
Marchante, abroncado el día anterior por Matxin por precipitarse, inició el 'tan-tan' de la cuesta. Golpeó el tambor, que rebotó en los cascos. Incendió la cuesta. Tensó la gargantas. Su joven impulso y ese kilómetro radiografiaron la Vuelta: Contador es el favorito y Samuel, el más fuerte. El sábado, en Zalla, en Beci, se escribirá un nuevo nombre sobre el palmarés de la Vuelta al País Vasco. En la piel de asfalto de ese puerto, ya hay uno tatuado. 'Samuel'.