Cuando Dimitri Piterman calificó como mercenarios a sus futbolistas destapó la caja de los truenos en Vitoria. Ese fue tan sólo el primero de una larga lista de agravios y desencuentros protagonizados por el excéntrico empresario con aspecto de playboy playero y los atribulados seguidores de su última adquisición. Piterman, que bordaría el papel del próximo malo de Torrente y que se pasea por la gélida Gasteiz como si estuviera en Marbella, lo tiene claro. Su afirmación, una auténtica declaración de principios, reflejó con crudeza lo que el millonario venido del frío representa. No era un menosprecio hacia sus pupilos. El propio Dimitri es el primero de los soldados de fortuna que han aterrizado en un fútbol convertido en mercado persa, reino de los gurús de la mercadotecnia y el show business. Su medida de disparar los precios para intentar aprovecharse de la conocida fidelidad de nuestra afición no fue sorprendente. Con eso ya contábamos. Los dirigentes de los equipos vecinos vienen utilizando desde tiempo inmemorial idéntico truco para sanear sus depauperadas arcas. Es el triste peaje que hay que pagar por tener la mejor afición del mundo. Pero esta vez la sorpresa se la dieron los aficionados del Athletic. Salvo un puñado de irreductibles, que convirtieron un desangelado Mendizorroza en una bombonera rojiblanca, nuestros seguidores le dieron la espalda al derbi del domingo. No les faltan motivos. Propios y ajenos. La avaricia rompió el saco albiazul.
Históricamente, el Alavés se ha comportado con el Athletic como un hijo respondón que no acepta la autoridad paterna. Con una puntual excepción. Cuando tocaba recibir la salvadora paga. Afirmaba Jardiel Poncela que ·por severo que sea un padre juzgando a su hijo, nunca es tan severo como un hijo juzgando al padre». El Alavés tiene todo el derecho del mundo a independizarse. Ya es mayor de edad. Claro que, viendo en qué manos ha caído el club vitoriano, más de un seguidor alavés convendrá conmigo en que para ese viaje no hacían falta alforjas. Futbolísticamente, la paternidad de los rojiblancos sobre los alaveses es incuestionable. En sus diez anteriores visitas a campo rival, habían ganado en ocho ocasiones. Eran otros tiempos. El pobre empate a nada del domingo confirmó que padre e hijo, más allá de sus diferencias, no viven sus mejores horas. Ambos tienen motivos para respirar aliviados. Las miserias ajenas ocultan las carencias propias. Woody Allen, impagable como remedio para combatir la hipocondría con talento y humor, confiesa que se levanta cada día, lee el periódico y, si su nombre no está en la sección de necrológicas, se afeita. Athletic y Alavés siguen poniendo sus barbas a remojo en una temporada para olvidar. Pero ahora pueden mirar cada lunes la clasificación sin ver su nombre entre los destinados al cadalso en el juicio final de mayo.
Miguel Piccolini, un carismático entrenador argentino, tenía una definición perfecta para partidos como el del domingo. «Ganamos cero a cero». Es lo que hay. Visto lo visto, uno tiene la impresión de que la decisión de muchos aficionados del Athletic de dejar plantados a los especuladores del césped se queda corta. No sólo no deberían pagar. Deberían cobrar. Porque, cuando juega el Athletic, el espectáculo está en la grada. Que paguen ellos.