En el funeral de Juan Pablo II hubo gritos de «¿Santo súbito!» y Benedicto XVI permitió enseguida que se abriera el proceso de beatificación, primer grado de santidad, sin esperar los cinco años reglamentarios. Sin embargo, instruir un causa de este tipo es una tarea enorme. Hace un año se hablaba con optimismo de que era cuestión de meses, pero hoy, pasado el entusiasmo, ya nadie hace pronósticos. El postulador de la causa -la persona que completa y presenta el expediente a la Santa Sede- se ha mostrado muy cauto. «Harán falta años, sobre todo por la gran cantidad de material a estudiar», repitió ayer Oder Slawomir, sacerdote polaco, en Radio Vaticana.
El proceso consta de cuatro frentes. Un tribunal diocesano está recogiendo los testimonios de unas 130 personas, mientras que otra comisión histórica reúne documentación sobre Juan Pablo II, cartas y textos no publicados. En Cracovia se cierra hoy el proceso paralelo abierto en esta ciudad para recibir testimonios sólo de Polonia y probablemente deberá abrirse otro en Estados Unidos, donde han surgido muchas peticiones.
Posible milagro francés
El cuarto filón de trabajo es el más largo y decisivo: se trata de recabar todas las comunicaciones de gracias o milagros supuestamente realizados por Wojtyla tras su muerte. Para ser declarado beato hace falta demostrar un milagro y para llegar a santo es necesario otro. Slawomir ha recibido cientos de cartas y tiene cada día unos 15 mensajes electrónicos en la página web de la beatificación (www.vicariatusurbis.org/beatificazione). Entre todos los casos, ha seleccionado cuatro posibles milagros. Con uno de ellos, una monja francesa que se curó del síndrome de Parkinson, ya se ha abierto un expediente. Los otros tres han sido notificados en China, EE UU y en un país sudamericano. Cuando se cierre todo el informe debe ser presentado en Roma, donde un tribunal de la Santa Sede comenzará prácticamente desde el principio.