El proyecto de reforma del Estatuto de Cataluña logró ayer superar el reglamentario trámite de la aprobación del Congreso por 189 votos a favor frente a 154, con la oposición del Partido Popular, Esquerra Republicana y Eusko Alkartasuna. El debate reflejó la dura confrontación política entre PSOE y PP que ha provocado la gestación de una ley orgánica que, después de años de elaboración, saldrá adelante con un menor consenso que el Estatuto de Sau. El proyecto cuenta con un solvente respaldo en Cataluña, al refrendarlo las dos formaciones con mayor representación en la comunidad, PSC y CiU, pero la rotunda oposición del Partido Popular le ha dado un tinte de nacionalismo excesivo ante el resto de España. Un extremo que, paradójicamente, desmentiría el voto contrario de ERC, que, incluidos movimientos tácticos, refleja el profundo cambio experimentado por el texto del Parlamento catalán durante la tramitación parlamentaria.
No cabe duda de que la piedra de toque del Estatut, más que su paso por el Senado, estará en el referéndum con el que la ciudadanía catalana sancionará la conveniencia o no del proyecto que salga de las Cortes. Una consulta determinante para calibrar tanto su grado de aceptación como su consistencia para ser un elemento vertebrador y generador de la sociedad de Cataluña del siglo XXI. La otra gran prueba será su implementación en el conjunto de España; si, como dicen las formaciones que ayer votaron afirmativamente, es un factor de modernización y revitalización del Estado autonómico, o si, como defiende la oposición popular, es un elemento de ruptura de España y de pérdida de cohesión y solidaridad interterritorial, además de una ley inconstitucional; imputación que, por su gravedad, debería ser solventada por las más altas instancias judiciales.
Es evidente que los reformados estatutos de Valencia y Cataluña marcarán la pauta de las siguientes modificaciones y que el 'modelo catalán', por lo que supone de mayor margen de descentralización política y funcional, será un referente inexcusable. Una circunstancia que debería ayudar a soldar las radicales divergencias ayer patentizadas en el Congreso. El hecho de que el sistema de financiación, un asunto crucial, deba ser pactado en el marco multilateral del Consejo de Política Fiscal y Financiera del Estado brinda una excelente oportunidad de avanzar hacia estas políticas de convergencia. Porque el camino abierto ayer no acaba en Cataluña, sino que debe concluir en una formulación del Estado constitucional estable y equilibrada y apoyada en el consenso de sus principales fuerzas políticas. Un mandato que tanto PP como PSOE deberían cumplir.