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Jueves, 30 de marzo de 2006
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OPINIÓN/La edad
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Te habrás dado cuenta de que de un tiempo a la fecha me haces el amor con los calcetines puestos. Sentí ese día que la edad me había alcanzado, mejor dicho, que yo había alcanzado la edad en la que todas las cosas empiezan a suceder por primera vez» (Aguilar Comín en 'Las mujeres de Adriano'). Yo tengo la idea de haber llegado a esa edad porque estas elecciones me parecieron distintas. Me ocurrió como a la mujer de Olmert, que voté por él por primer vez y, como a ella, «con muchas dudas». Tuve la percepción de que algo sucedería que no ha sucedido hasta ahora. No hubo atentados, lo que puede interpretarse como que Hamás hizo campaña por el legado de Sharon, su contribución a desactivar elementos violentos de la derecha como Netanyahu. Ganó el buen juicio, aunque la calma desincentivará al electorado. Los resultados cambian algunos planteamientos al sobreponerse un centro izquierda partidario de una retirada escueta. Incluso puede variar la seguridad como concepto. El desarme intelectual de los preceptos integristas en unos y otros sentaría las bases de la política de no agresión. Olmert recibe el legado de un nuevo tiempo que le toca administrar con Hamás. Un político pragmático para una 'real politik' de cohabitación como fórmula para salir del infierno. El líder de Kadima sabe lo que le conviene, desarmar emociones para sustituirlas por ilusiones. Todo ello desde la base de un triunfo corto, que, sin embargo, ha laminado a los enemigos de su ex partido el Likud y dejado en buen lugar a sus amigos de comunión con Sharon, los laboristas de Peretz.

El país de la confrontación no funciona, hay una política de guerra que ahuyenta recursos y ha convertido el desarrollo en un mecanismo de resistencia. Por eso los israelíes no acudieron a las urnas, por tedio existencial y dudas razonables sobre la voluntad de solución del conflicto. La contienda política ha aburrido a los escépticos, una inmensa mayoría. Está desacreditada por falta de imaginación israelí y corrupción desorejada palestina. Olmert puede, por fin, gestionar el legado de Sharon sin contrapartidas, bajo su exclusiva responsabilidad. El coma irreversible del líder inspirador de Kadima saldó la cuenta histórica de Sabra y Shatila. Un proceso de 'cohabitación' ayudará a civilizar a las fuerzas montaraces de ambos bandos. Los radicales palestinos acarician el poder y únicamente podrán acceder a él si aceptan las reglas del juego. En caso contrario morirán de inanición, retiradas las subvenciones y aislados de la comunidad internacional. Mientras tanto, se abre un impasse. Mahmu Abá sólo se representa a sí mismo y la única interlocución posible sobre la seguridad está en manos de los islámicos. La política de laboratorio sugerida por EE UU y asumida por la UE nunca dio resultados.



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