Si algo nos infunde confianza y optimismo a los aficionados al fútbol es ver reir en el campo a los jugadores de nuestro equipo. Y cuando hablo de reir no me refiero a esa risa floja un poco tonta que a veces se nos queda tras recibir un susto de muerte y que nada tiene que ver con el buen humor sino con el puro alivio. No. Me refiero a la risa natural y contagiosa del que se está divirtiendo, del que disfruta con lo que hace. Cuando el reidor es un rival, lógicamente, la sensación que nos embarga es justo la contraria. Piensen en Ronaldinho, por ejemplo. Uno le ve reirse y ya empieza a temerse lo peor, a llenarse de malos presagios, a sugestionarse con las diabluras que intentará y con todos los planes diabólicos que se esconderán detrás de sus carcajadas tropicales.
Viene esto a cuento del partido ante Osasuna. Es cierto que, durante la refriega con los navarros, no hubo muchas ocasiones para reir. Los de Javier Aguirre son uno de esos equipos pisacallos frente a los cuales no puedes perder ripio y conviene jugar con el ceño más bien fruncido. Pero en San Mamés, aparte de un fútbol solvente, se vieron el sábado gestos de alegría y, por primera vez en lo que va de temporada, una sonrisa final de todo el equipo que revelaba el orgullo colectivo por el trabajo bien hecho.
A nadie puede extrañar, por tanto, que el optimismo se haya abierto paso por fin entre los jugadores y los hinchas del Athletic. Y es que, tras siete meses mirándose las llagas, el equipo ha vuelto a reconocerse en el espejo. Hablamos de reconocimiento, no de descubrimiento como han dicho algunos. Convendría no confundir los términos. Que se sepa uno sólo descubre lo que desconoce y el Athletic, como venía demostrando las ultimas temporadas, sabía jugar al fútbol y comportarse como un equipo serio y competitivo. Por lo visto, a algunos desmemoriados es necesario recordarles que el Athletic no es la banda de patapalos que viene pareciendo desde septiembre. Otra cosa es que le hayan convertido en ello y que sus despropósitos durante estos tiempos del cólera nos hayan podido llevar a la duda o el descreimiento sobre sus verdaderas posibilidades. Pero a mí al menos no me cabe ninguna duda de que el verdadero Athletic se parece mucho más al que jugó contra Osasuna que al ánima del purgatorio que lo hizo tres días antes frente al Espanyol.
Estoy seguro de que los jugadores piensan lo mismo. Y Javier Clemente parece haberlo entendido por fin. Se podrá decir que a la fuerza ahorcan, pero hay contumaces que se van a la tumba perseverando en el error que les está matando. El técnico de Barakaldo, en cambio, ha demostrado que le queda algo de cintura (o de instinto de supervivencia) para atender lo que ya era una demanda pública de sus jugadores. De ahí que, como él mismo reconoció en la sala de prensa de San Mamés al término del partido ante Osasuna, haya modificado 'el concepto'. Su ideario, vamos.
Tampoco en este caso podemos hablar de que Clemente haya hecho un descubrimiento. Simplemente, ha acabado por relativizar algunos de sus dogmas y reconocer una vieja evidencia: que los equipos sólo juegan bien cuando están a gusto, que sólo están a gusto cuando creen de verdad en su estilo y que sólo creen de verdad en su estilo cuando sienten que éste se adapta a sus virtudes. En este sentido, si hay algo que se le debe exigir a un entrenador es que sepa adaptarse a la naturaleza de su plantilla. Clemente comenzó a hacerlo el sábado y el efecto positivo fue fulminante. Sólo cabe animarle a que lo siga haciendo, a que continúe por el camino del sentido común. Más que nada para que nos sigamos riendo.