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Jueves, 30 de marzo de 2006
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La noche
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Todos los cielos no son iguales. Para admirar la Vía Láctea ningún lugar es comparable al desierto del Sahara. A menos que vivamos en un recoleto rincón campestre alejado de las urbes, contemplar un cielo estrellado y situar las constelaciones se ha vuelto cada vez más difícil o imposible aseguran, al menos para la mitad de los europeos. Tragada por las luces de la ciudad, la noche está en vías de desaparición. De tal manera que en el año 2002, una solicitud de miles de firmantes reclamaba que el cielo nocturno fuese clasificado como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Al mismo tiempo, por esas fechas, la República Checa votaba una ley para combatir la polución luminosa, normativa que fue pronto seguida por varios estados de Norteamérica, la que más alumbra, el imperio del neón, algunas regiones de Europa y varias provincias japonesas. Por su parte, Suiza editaba un folleto que preconizaba diversas medidas para limitar la duración del alumbrado público. Porque sino, la noche se muere.

En general, las normativas sobre la luz artificial se encaminan al ahorro de energía, apagar la luz es un aviso que sintoniza con reglas de mera economía energética y sin embargo el impacto de millones y millones de lámparas urbanas que centellean en las noches luminosas del planeta sobre la fauna y la flora, el desequilibrio de los ecosistemas y ante todo sobre la salud son consideradas simples cuestiones anecdóticas. Jamás se hubiera pensado que un día habría que encender las bombillas de la alerta para proteger la noche negra y estrellada. Hay noctámbulos, nocherniegos, amantes de la nocturnidad, locos enamorados de la luna, adictos a las farolas, noctámbulos irredentos, noctívagos sin remedio, amigos de la oscuridad y compañeros de las tinieblas y también desde ahora militantes que luchan para salvar la noche amenazada por la invasión incontrolada de las bujías y para proteger a la vez las horas brujas, las noches amorosas, las que favorecen la emancipación del pensamiento y ayudan a liberarse de prejuicios. Ya en su tiempo, como otros antes que él, el poeta Novalis cantaba la preciosidad de «esos ojos infinitos que la noche abre en nosotros».



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