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Jueves, 30 de marzo de 2006
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La estela
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El dolor es tan grande que no cabe en una copa de champán. La primavera ha llegado con el anuncio del alto el fuego permanente de ETA. El proceso será largo y difícil, difícil y largo. Un millar de muertos. Una estela de muertos, huérfanos, viudas, minusválidos, amenazados, deja detrás el terror. Pero tanto dolor tenía que servir para algo. Las víctimas se lo merecen. Por eso debe ser también tiempo de esperanza. Tiempo de empezar a andar. Tiempo de libertad. Ojalá esté cerca el día en que podamos pensar, opinar, votar, sin que el ojo negro, vidrioso y asesino de un arma nos siga y nos persiga, vigilando nuestros movimientos, hurgando en nuestras conciencias, bestializándonos a golpes de miedo y fanatismo. Han sido años en que mantener la dignidad, manifestarse con la cabeza alta, era casi un acto de heroísmo. Mientras, muchos caían dejándonos la sensación amarga de no hacer todo lo que podíamos. Tiempo de silencio, de susurros, de soledad para muchos. Funerales tristes donde sólo cuatro gatos temerosos acompañaban al asesinado. Tiempo de inseguridad, acechados por siniestros comisarios políticos que iban con el cuento a quien correspondiese de que no éramos afectos, de que no nos doblegábamos todo lo que debíamos o de que simplemente creábamos mal ambiente. Tiempo de chulos protegidos por la fuerza de las balas. Sí, el dolor es tan grande que no cabe en una copa de champán. Pero tengo esperanza. Quizás pronto podremos vivir en libertad y en democracia. Se lo debemos a las víctimas. Se lo debemos a esta tierra.



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