La pantalla se está llenando estos días de incesantes crónicas sobre la evolución de Rocío Jurado. Llevamos meses con esta historia. Rocío es una artista unánimemente respetada. Le ha tocado lidiar con una enfermedad gravísima. Pero, además, tiene que lidiar con la atención de la tele, que quizá sea una enfermedad peor, porque no tiene cura. Los programas rosa, desde 'Gente' hasta 'Dónde estás corazón', pasando por todos los demás, no sueltan la pieza. Es verdad que todos se esfuerzan por medir mucho el tono: hacía años que no oíamos tantas veces la palabra «cariño». Bueno, gracias. Pero hay algo muy enojoso, y también inevitablemente turbio, en esa forma de 'cariño' que consiste en subirse a la chepa del enfermo y picar espuelas para demostrar cuánto queremos al pobre desdichado. Las sonrisas afectuosas de los rostros televisivos no consiguen disipar la impresión de que, tras la sonrisa, hay un colmillo dispuesto a morder, unos cuantos reporteros tratando de obtener la imagen más impactante de la enfermedad, agencias de 'buscasensaciones' olfateando en los cubos de la basura, gritos en ciertas redacciones para ver quién encuentra el testimonio definitivo, esa estampa o esas declaraciones con las que poder abrir bajo el rótulo de 'gran exclusiva'.
La maldición del famoso, en estos tiempos de televisión total, es que nada en tu vida puede permanecer secreto, ni siquiera cuando estás en el trance decisivo de pelear con la muerte. Hay, además, un problema de escenario, y es el siguiente: como estamos acostumbrados a ver en esas tablas lo peor de cada caso y de cada casa, una especie de repugnante expectación se apodera del televidente que asiste a los relatos de la crónica rosa. ¿Con qué nos van a sorprender? ¿Por dónde van a salir? ¿A quién habrán pillado esta vez en calzoncillos? ¿Qué portera, guardaespaldas, chófer o asistenta va a conmovernos con sus exclusivas revelaciones?
Hay cierto tipo de narraciones que no cabe en los tugurios, del mismo modo que nadie representaría 'Parsifal' en un salón de strep-tease. Por lo mismo, se hace muy desagradable contemplar el coro de los lamentos compasivos en el mismo plató donde antes se ha despellejado a la Fulanita o al Menganito de turno y donde, después, con las lágrimas aún tibias sobre la moqueta, va a ventilarse el último hedor del cotilleo entre risotadas homicidas. Seguramente esto ya no puede ser de otro modo, pero hay algunos principios a los que no deberíamos renunciar. Por ejemplo, respetar la dignidad del enfermo. Si perdemos incluso esas cosas, no nos quedará nada. Sólo la tele.