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Domingo, 26 de marzo de 2006
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OPINION/Celdas para todos
OPINION/Celdas para todos
OPOSITORES. Manifestantes lloran de impotencia en Minsk. / AFP
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Los manifestantes corearon «no hay celdas para todos», pero sí existen celdas para todos. Lukashenko ha sido, al menos, sincero. «Si os manifestáis -dijo- pondremos vuestra cara sobre el asfalto». El mundo está lleno de nobles brutos, persuadidos de la humana estupidez que les rodea y advertidos de que su misión es salvar a los necios, incluso contra su voluntad. Pero, aunque nos sobrecojan las cargas policiales, desde la Bastilla hasta hoy, las revoluciones se hicieron con cosecha de sangre.

La idea romántica y pacífica de la 'revolución de terciopelo', 'naranja' o del 'cedro', por recordar versos sin equidistancia: Checoslovaquia, Ucrania y/o Líbano son lunares en la historia, raptos poéticos en los que se integraban, como formando parte del adusto paisaje de sedición, soldados con capullos en las bocanas de sus fusiles y/o amantísimos uniformados levantando al aire a bebés sonrosados a los que sonreían solícitos. Unos y otros, unas y otras (dictaduras) respondían con un silencio avergonzado al clamor popular, después de haber mirado a su alrededor y visto que se abría para ellos un inhóspito futuro de soledad.

No es el caso de Bielorrusia y Lukashenko, en los que el 'zar' Vladímir Putin ha puesto en ambos todas sus complacencias. Mientras, Occidente ronronea como un gato al que han manchado de alquitrán la cola y prendido fuego, y declama sus furores para la libertad de algunas piedras contenidas en la uretra del extinto imperio soviético. Retiraron el te y el salchichón a los manifestantes de Minsk, un golpe duro, que no ha sido suficiente. Tampoco parece que vaya a serlo su encarcelamiento masivo. Es lo que trae la injusticia: la clonación de los sedicentes. ¿Qué decía la vieja política de vuestros antepasados?, recordaba el prudente Massimo D'Azeglio: «No hagáis mártires. Es una prueba patente de que a un Gobierno injusto le perjudica más el mártir que el rebelde».

Pero Putin es un viejo y experimentado agente del KGB, para nada jubilado. Y no está dispuesto a que, abierta otra ventana, corran impulsivos vientos de libertad. Demasiadas deserciones pasadas en el Este y demasiadas aventuras libertarias presentes como Ucrania, Chechenia o Azerbaiyán. Por eso, Lukashenko ha puesto collar de castigo al pueblo desorejado. Por eso a Yúshenko le mueven el suelo de su democracia cruda e indigesta. Porque lo que queda de Rusia es un frenesí de una fuerza centrífuga insoportable.

El terremoto es grave y en el imaginario del 'zar' se alza un nuevo telón de acero que evite a los ciudadanos cualquier roce, cualquier erótica errática de libertad. Soplan vientos gélidos sobre la incipiente hermandad entre Oriente y Occidente, rastros siberianos de guerra fría.



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