 Un judío ultraortodoxo pasa ante una enorme pancarta electoral del Partido Laborista, a la entrada de Jerusalén. / EFE |
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| UN PAÍS PECULIAR |
Superficie: 21.501 kilómetros cuadrados; zonas ocupadas: el territorio palestino de Cisjordania (5.879 km2), y el Golán sirio (1.176 Km2) desde la Guerra de los Seis Días de 1967.
Población: siete millones de habitantes. Un millón son árabes israelíes.
Capital: Israel la considera a Jerusalén, con 760.400 habitantes, aunque la ONU reconoce Tel Aviv.
Lengua: los idiomas oficiales son tanto el hebreo como el árabe.
Religión: judíos (76%); musulmanes (20%); cristianos (2,1%), drusos y otras minorías (1,9%).
Partidos políticos: los principales son: Kadima, el Partido Laborista (socialdemócrata) y Likud (nacionalista).
Gobierno: La autoridad suprema reside en la Kneset (Asamblea), elegida por sufragio universal cada cuatro años. El presidente, jefe constitucional del Estado, es elegido por la Kneset cada siete años. Al frente del poder Ejecutivo está un primer ministro, que es nombrado por el presidente. |
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Los israelíes acudirán el martes a las urnas para elegir a los 120 diputados de la Kneset, unos políticos que tal vez en los próximos cuatro años determinen de forma unilateral las fronteras definitivas del Estado. Las autoridades hebreas han venido demorando esta decisión desde 1948 con el fin de incorporarse más y más territorio.
El deseo de Kadima, de los laboristas, del Likud y del resto de partidos no árabes es anexionarse la mayor parte posible de Cisjordania. Este territorio y Gaza representan el 22% de la Palestina histórica, lo que revela que Israel está asentada sobre el 78% restante. Pero sus líderes quieren más.
Las campañas electorales judías ya no son como antes, cuando todo el país se involucraba activamente con los programas políticos. Hoy, apenas hay actos públicos y la propaganda se limita a los vivaces vídeos y grabaciones que cada partido entrega a televisiones y radios, a una escasa publicidad en las calles con pancartas y al reparto callejero de programas, principalmente.
Eso sí, los militantes de las distintas formaciones políticas decoran con pancartas las principales carreteras del país. Ayer, un seguidor del Partido Laborista de 24 años falleció electrocutado cuando retiraba una cartel del Likud para colocar uno de su partido en una torre eléctrica.
Las encuestas pronostican que algo más del 60% de los israelíes acudirá a la urnas, un porcentaje bastante bajo, que anda muy lejos del de las primeros comicios hebreos de los años cincuenta, cuando el número de votantes rondó el 90%. Se trata de una apatía a la que los expertos no encuentran explicación.
El líder laborista, Amir Peretz, ha tratado de introducir en la campaña asuntos sociales y económicos, y ha arrastrado a los demás partidos a formular declaraciones sobre estas dos cuestiones, aunque el principal tema ha seguido siendo el de siempre: la ocupación de los territorios palestinos, que se denomina con el eufemismo de «proceso diplomático».
Los sondeos vaticinan una holgada victoria de Kadima, que alcanzaría casi 40 escaños. Este partido de centro, que a finales del año pasado fundó Ariel Sharon y que desde enero dirige Ehud Olmert, necesitará formar una coalición con otras formaciones políticas para formar una mayoría parlamentaria. Lo que parece más probable es que Olmert se alíe con los laboristas. Pero en este camino se tropezaría con la escasa relevancia que le otorgan los sondeos al partido de Amir Peretz -sólo lograría 18 escaños-, lo que obligaría al primer ministro en funciones a establecer pactos con otras formaciones minoritarias.
Acusaciones
Las elecciones palestinas celebradas en enero también juegan un papel importante en esta cita con las urnas. La sorprendente victoria de Hamás ha supuesto un balón de oxígeno para Olmert, quien ha aprovechado la ocasión para convencer a Estados Unidos y la Unión Europea de que sus vecinos, realmente, no quieren la paz.
El jefe del Ejecutivo hebreo ha ido aún más allá y ha acusado al presidente Mahmud Abbas (Abú Mazen) de ser el responsable de la irrupción de la organización fundamentalista, aunque los analistas políticos señalan que el triunfo de Hamás se debe, principalmente, a la negativa de Israel a retirarse de los territorios ocupados.
La población palestina, añaden los expertos, está harta de la OLP, de Fatah y de su incapacidad de operar para recuperar la franja de Gaza y Cisjordania. Y este hastío es lo que explicaría el ascenso del movimiento islamista. Al fin y al cabo, Israel no ha entablado negociaciones con el moderado de Abú Mazen y ha preferido optar por las decisiones unilaterales con el apoyo de Washington y con el silencio de la Unión Europea.
En uno de sus últimos actos de campaña, el pasado viernes, Olmert dejó claro que durante la próxima legislatura negociará con los partidos hebreos una posición de «consenso» que luego comunicará a Estados Unidos y a la comunidad internacional para obligar a las autoridades palestinas a que la acepten.
El pretexto para haber adoptado este camino es la victoria de Hamás. Un triunfo que Tel Aviv, indican los especialistas en Oriente Próximo, ha sabido aprovechar para convencer a Occidente de que no hay otra senda disponible. Sin embargo, la realidad es que desde que Ariel Sharon detentaba el poder, el Ejecutivo hebreo no hace sino adoptar decisiones unilaterales. Y todo indica que las elecciones del martes no modificarán esta estrategia de los líderes sionistas.