El pintxo, antes llamado sobriamente pincho y mucho antes banderilla, se ha convertido en una pieza indispensable de la dieta entre horas. Entre el desayuno y la comida, entre la comida y la cena, esas piezas minimalistas inundan las barras de los baretos de un extremo al otro y son devoradas con fruición no exenta de cierto ritual por el público hambriento. Lo único malo que tiene la ceremonia es la existencia de esos tipos y tipas, que van recorriendo el escenario del crimen con la mirada arqueada, acercan la nariz al producto si un cristal no lo impide, incordian al pacífico bebedor, hacen gestos de gran desconsuelo si el pincho seleccionado cuenta con un ingrediente que les desagrada (casi siempre se trata de esnobs que se lo tragarían sin titubeos si les fuera imposible dar la nota), hasta encontrar el tesoro. Si usted encuentra al lado de la suya una nariz que no le suena de nada, ya sabe lo que pasa. Es la de un husmeador profesional.
Pero aparte de sectas incordiantes de esa calaña (nunca entenderé de qué va esa gente que tras muchos años de comparecencia en el bar siguen preguntando lo que lleva un pincho de huevo con chorizo además del humilde huevo y el evidente chorizo), hay que reconocer que se ha instalado entre nosotros una subcultura gastronómica alrededor del asunto. A mí me parece muy bien: descontados los pedantes y los gilipollas, queda todavía una amplia masa de ciudadanos con ganas de llenarse el estómago felizmente sin necesidad de convocar a los medios de comunicación para que inmortalicen el momento. Y que una vez deglutido el invento se limitan a chuparse los dedos o a pasar una servilleta de papel por los labios antes de felicitar al chef.
Si se repasan con cierta distancia irónica, los pinchos que se ofrecen estos días con motivo de la semana del pincho puede vencernos una cierta perplejidad, digamos impropiamente, lingüística: a uno le hablan de brick de morcilla y se acaricia las orejas por si no ha entendido bien, o de carpacio de magret con micuit, o de cornete de mango relleno de centollo de mar, o de bonipin, o de canutillo de kenebec, y entonces decide arriesgarlo todo por comprobar de qué van apellidos tan ilustres. Es parte del juego: si usted le llama con un nombre delicada y sonoramente francés a una chuleta de cerdo, seguro que le sabrá mejor y se sentirá un gourmet con diez tenedores grabados en el bolsillo cordial de la camisa.
La semana del pintxo (o pincho) ha empezado a andar y por lo tanto debemos alegrarnos enormemente. Si además sale el sol con pertinaz entusiasmo y la temperatura anima los corazones, ya podemos darnos con un canto en los dientes, procurando no partirlos. La vida son dos días, de los cuales uno se evapora sin dejar rastro y no vuelve jamás. Hagan una locura y disfruten hasta que ya no les quepa ese extraño producto gastronómico en cuya elaboración se ha invertido tanto talento. Tengo comprobado que es imposible que el cliente quede insatisfecho: no he escuchado en los años precedentes ni una queja acerca de la calidad de la oferta. Y sé de muchos ciudadanos, sobre todo mujeres, cuya comida diaria consiste en un picoteo por ahí sin pucheros ni sartenes. No digo que siempre haya que comer así, pero como alternativa a los fogones domésticos no es una mala idea. Que se lo pasen bien merodeando por esos bares del dios Baco, eligiendo con su habitual pericia visual el pintxo (o pincho) que le gusta y ya en actitud de seguir la vida sin que la vida te persiga. Termino este artículo con cierta premura: me está entrando un hambre atroz y quizá un pincho (o pintxo) me ayude a resolverla.