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Miércoles, 22 de marzo de 2006
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Treinta años
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Mientras escuchaba las alegaciones del fiscal durante el juicio que se seguía contra él, el general Videla pasaba, con precisión de beato muy entrenado en esos menesteres, las cuentas de un rosario o echaba vistazos reparadores a un ejemplar de la Biblia. El relato de los crímenes bárbaros de los que se le acusaba le sonaba lejano o no le sonaba: tenía la expresión fácil de una esfinge y sólo parecía esperar al término de aquel relato terrible como si no fuera con él. Nunca, en ningún momento y bajo ninguna circunstancia se ha arrepentido de nada y no existe la menor duda de que volvería a hacer lo que hizo sin el menor remordimiento, con el alma protegida por el libro santo y las bolitas del rosario.

Lo que estaba escuchando el general en la sala donde se reunía el tribunal no era un cuento de hadas, sino un cuento de terror, con la salvedad de que todo lo que se contaba era pavorosamente cierto. Torturas espantosas, desapariciones, secuestros, ejecuciones de madres a las que se asesinaba después de haber parido, hombres y mujeres arrojados desnudos al mar desde aviones del ejército y otras salvajadas que no cometería ningún salvaje genuino: todo eso entraba por un oído del impávido general para salir de inmediato por el otro. Videla tenía a Dios de su parte y a otra instancia aún más importante, el Departamento de Estado norteamericano. Nada podía pasarle y en realidad hoy es el día en que ya no puede pasarle nada salvo un recorrido estelar en compañía de la dama de la guadaña.

El viernes 24 de este mes se cumplirán 30 años del golpe militar que se propuso el exterminio de la izquierda argentina, de lo que se pareciera aun remotamente a una izquierda argentina y de lo que tuviera alguna probabilidad siquiera lejana de ser izquierda. Y nada de eso habría sido posible sin la aquiescencia o la complicidad de buena parte de los argentinos. No cabe olvidarlo y se olvida con notable frecuencia. Desde ilustres caballeros como Borges o Sábato, que desde el principio se mostraron sumamente benévolos con los golpistas aunque incurrieran después en arrepentimientos tardíos, hasta quienes ustedes quieran. Unos sufrían y morían y otros miraban hacia otro lado: es la triste historia de siempre, repetida una y otra vez como una maldición interminable. Han pasado treinta años, pero hay que tener el corazón empedrado para olvidar lo que pasó. Y Videla sigue recorriendo con los dedos las cuentas del rosario, repasando de vez en cuando con unción beata su Biblia reparadora.



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