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Miércoles, 15 de marzo de 2006
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El papel
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Informan los papeles que Argentina y Uruguay acordaron pedir a una empresa papelera española y a otra finlandesa que paralicen por espacio de tres meses la construcción de sendas fabricas de celulosa en la frontera entre los dos países, proyectos que proyectan más bien una negra sombra sobre el estuario del Río de la Plata.

La contaminación acecha, habida cuenta de que peligra el acuerdo alcanzado por los presidentes Kirchner y Bachelet, porque los argentinos temen la contaminación de un entorno nacional emblemático y el miedo de los uruguayos es perder la mayor inversión de su historia.

Los diversos intereses juegan su papel. En el contencioso papelero algunos hacen un papelón, otros pierden los papeles mientras surgen de las piedras los profetas que pronostican un mundo sin papel. Y sin papel no somos nada. Sin un determinado papelito podemos ser menos que parias, menos que cero.

¿El papel! Difícil imaginar un mundo sin él, privado de libros, del periódico, de cartas, de cuadernos, de archivos, de paredes empapeladas, de papel higiénico... El papel invade nuestra vida. Nos permite aprender, trabajar, comunicarnos, distraernos. Es el vector de las pulsiones y lazos sociales, pues hasta te 'empapelan' si incumples las leyes. Garante de la identidad y de la memoria del saber, nuestro tacto conoce mejor su textura que la de la piel humana pues el papel goza de mayor contacto físico con nuestras manos y a veces más intenso que el que prodigamos al prójimo.

Si lo pienso, el papel me persigue desde que nací, pues empecé a existir en realidad cuando se creó mi primer papel, un certificado de nacimiento, y será lo último que tendré, un simple papel que certifique el adiós final.

Finalmente, es un terrible signo de irracionalidad que la fiebre de papel que sirve para contarnos cosas de monos y pájaros contribuya a dejarles sin tener donde posarse, sin techo y sin nidos. Que las mil y una descripciones impresas del paisaje puedan ayudar a devastarlo.



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