Se dice que el tiempo pone a todo el mundo en su sitio, pero a muchos les da igual: ya no pueden sentarse porque han perdido el culo. La verdad histórica se convierte en una mentira más si su descubrimiento es demasiado tardío. Algún día se sabrá, por ejemplo, quién mato a Kennedy, pero hasta los magnicidios embeben con el tiempo y cada vez irá importando menos. Ahora, más de un cuarto de siglo después, se nos informa de que el fallido intento de asesinar al Papa Juan Pablo II fue decidido por los líderes soviéticos de entonces. Ya no existen ni Su Santidad ni los que ordenaron la maldad. Sólo está vivo Ali Agca, que era un mandado. Un fanático siempre sale más barato que un mercenario, pero a condición de que tenga buena puntería.
Un personaje de Graham Greene dice que los historiadores son personas que se interesan por el futuro cuando éste ya ha pasado. Quizá sea cierto, pero el interés decae y acaba refugiándose en los eruditos, que siempre tienen tiempo para todo, incluso para darse cuenta de que no es cierto que la historia se repita, ni siquiera en forma de farsa. Los que se repiten son ellos porque se copian unos a otros.
También a deshora, aunque con mucho menos retraso, se descubre que los expertos en emergencias alertaron a Bush del peligro del huracán 'Katrina'. Conocían la debilidad de los diques de Nueva Orleans, pero no conocían en todo su calado la debilidad mental del señor presidente, que no sólo no les hizo el menor caso, sino que además mintió días después de la catástrofe al asegurar al pueblo americano que nadie anticipó la posibilidad de que los diques pudieran romperse. Para su desgracia, que no es comparable con la de las víctimas, la historia ya no sólo se escribe, sino que también se graba y ha aparecido un vídeo. Allí está George W., tan contento en su rancho, mientras le advertían de lo que iba a pasar.